AMÉRICA LATINA

Populismos: ¿Nuevo enemigo de las democracias?

Agosto 31, 2020 | Por: Ernesto Rodríguez

 

Aunque se trata de un fenómeno que cuenta con mucha historia, en este siglo XXI se ha hablado, se habla y se seguirá hablando (seguramente) mucho sobre el populismo. Desde algunas posturas que se ubican en el centro, lo señalan como “el nuevo enemigo de la democracia”, en tanto que desde algunas posturas ubicadas a la derecha y a la izquierda, se lo considera positivamente (como se sabe, tenemos “populismos” de todo tipo). La mayoría de los debates se centran en su pertinencia y/o en los resultados que logran (o no), dividiéndose las opiniones. Pero la pregunta central, parece ser otra: ¿por qué funciona?

Seguramente, Mario Vargas Llosa ha sido uno de los más connotados (y activos) críticos del populismo y es a él que pertenece la frase del título de estas notas, y lo ha dicho con todas las letras, en el prólogo del libro coordinado por su hijo (“El Estallido del Populismo”, Editorial Planeta 2017)): “el comunismo ya no es el enemigo principal de la democracia liberal -de la libertad- sino el populismo” y lo ha caracterizado igualmente de un modo terminante: “no se trata de una ideología, sino de una epidemia viral -en el sentido más tóxico de la palabra- que ataca por igual a países desarrollados y atrasados, adoptando para cada caso máscaras diversas, de ultra izquierdismo en el tercer mundo y de derechismo extremista en el primero”, agregando terminantemente que “el populismo es una degeneración de la democracia, que puede acabar con ella desde dentro”.

En la misma línea (tal como consta en sus artículos incluidos -por ejemplo- en el citado libro de Álvaro Vargas Llosa) se han expresado Enrique Krauze (México), Sergio Ramírez (Nicaragua), Yoani Sánchez y Carlos Alberto Montaner (Cuba), Plinio Apuleyo (Colombia), María Corina Machado (Venezuela), Roberto Ampuero (Chile), Juan Carlos Lechín (Bolivia), Gabriela Calderón (Ecuador) y Fernando Luis Schüler (Brasil), así como varios ex presidentes latinoamericanos, como Luis Alberto Lacalle y Julio María Sanguinetti (Uruguay), Mauricio Macri (Argentina) y Pedro Pablo Kusinsky (Perú), entre muchos otros.

Vargas Llosa (Mario) no se limita a consideraciones generales, al destacar que “el populismo no sólo arruina económicamente a los países, luego de un breve período en el que las políticas demagógicas seducen al grueso de la población con su apariencia de bonanza; también desnaturalizan la democracia y las políticas genuinamente liberales”, destacando en dicho marco (obviamente) los gobiernos de Rafael Correa en Ecuador, de Evo Morales en Bolivia y de Daniel Ortega en Nicaragua, como los más representativos de esta “epidemia viral”, distinguiéndolos de los casos que califica como “izquierda caviar” (los de la Concertación en Chile, del Frente Amplio en Uruguay y del Partido de los Trabajadores en Brasil, en particular) y también de los casos más “grotescos” (como Cuba y Venezuela).

Con la misma lógica, en Europa se está produciendo mucha literatura a propósito de sus propios populismos, pero en este caso, mezclando algunos pocos casos de “izquierda” (Podemos en España y Syriza en Grecia, por ejemplo) y muchos más de “derecha” y hasta de “ultraderecha” (Hungría, Polonia, Austria, Holanda, Bélgica, Suiza, Marine Le Pen en Francia, Berlusconi en Italia y los grupos más “radicales” en Alemania, entre los más destacados) que preocupan significativamente a las autoridades más “liberales”, incluyendo a líderes como Ángela Merkel (Alemania) y Emmanuel Macrón (Francia), entre los más destacados. La Fundación FAES de España (por ejemplo) de orientación netamente liberal/conservadora, ha presentado su “Geografía del Populismo” (Editorial Tecnos, 2018) reuniendo un amplio conjunto de ensayos referidos a los casos mencionados (tanto en Europa como en América Latina) y tratando de extraer las correspondientes “lecciones aprendidas”.

La izquierda latinoamericana se ha hecho eco muy escasamente de estas “miradas”, concentrándose más bien en la propia gestión gubernamental propia (con sesgos marcadamente presidencialistas, vistas las enormes limitaciones en materia de control de los otros “poderes”, el legislativo y el judicial) y denunciando constantemente la hegemonía neoliberal, promotora del achicamiento del Estado (vía privatizaciones) y de los “ajustes estructurales” (haciendo recaer el peso de la crisis en las clases populares) pero ello no ha bastado para mantenerse en el gobierno, siendo sustituidos por nuevas expresiones ubicadas a la derecha del espectro político. Sin embargo, desde la intelectualidad europea, ha habido varias reivindicaciones del populismo por izquierda, siendo los casos más destacados (seguramente) los de Pablo Iglesias (Podemos) en España y de Chantal Mouffe (ex pareja de Ernesto Laclau, argentino) de Francia. Mientras en el primer caso, Podemos se ha ido decantando hacia una versión más comprometida con la gestión gubernamental (claramente ahora, acompañando al PSOE en el gobierno) en el caso de Mouffe se ha formulado una fuerte reivindicación de este fenómeno, haciendo un fuerte llamado a luchar “por un populismo de izquierda” (Editorial Siglo XXI, 2018).

En este ensayo -redactado con una evidente impronta política, más que académica- se trata de mostrar como la crisis de la hegemonía neoliberal ha abierto en el mundo “un momento populista”, que en esta mirada equivale al regreso de la política y a la oportunidad de profundizar la democracia. “El aumento de las desigualdades -sostiene Mouffe- genera múltiples resistencias, demandas, luchas, que el consenso post político, ese que pretende estar más allá de los partidos y la disputa ideológica, es incapaz de escuchar”, agregando que “esas resistencias son transversales y heterogéneas: los trabajadores, los excluidos, los inmigrantes, las clases medias precarizadas, el movimiento de mujeres, la comunidad LGGT”. ¿Qué significa esto para la izquierda? se pregunta, respondiendo claramente: “la ocasión de articular esas demandas con discurso y creatividad, y sin menospreciarlas, dando respuestas progresistas incluso a los reclamos (por orden y seguridad) que sólo parece reconocer la derecha”.

Por lo dicho, este ensayo no formula un llamado a terminar con las instituciones de la democracia representativa (como se machaca desde tiendas liberales y neoliberales constantemente) sino a revitalizarlas desde dentro, para que inclinen la balanza a favor de una mayor igualdad. Para eso, sostiene Mouffe, “hay que trazar una frontera política entre un populismo de derecha (que entiende al ‘pueblo’ de manera restrictiva, dejando de lado a quienes ‘amenacen’ la identidad nacional y las claves del consenso) y un populismo de izquierda que apueste a radicalizar la democracia”, lo que -por cierto- “no implica alimentar un antagonismo vacío sino reinventar, para los ciudadanos, la posibilidad misma de elegir qué sociedad quieren construir”.

Se trata, por cierto, de planteos similares a los de otros autores destacados (como el portugués Boaventura de Sousa Santos, entre otros) que han propuesto construir “democracias participativas”, haciendo fuertes llamados a “democratizar la democracia”, asumiendo centralmente lo que denominan la “demo diversidad” como un valor y un activo, enfrentando decididamente el racismo, la xenofobia, la misoginia, la homofobia, el machismo, la aporofobia y demás prácticas nocivas desde todo punto de vista. Definitivamente y tal como suele decirse en estos casos, parecido no es lo mismo.

Desde luego, con diferenciar “populismos”, no alcanza. En cualquier caso, importa tratar de entender -realmente- de qué estamos hablando. En medio de la abundante literatura existente al respecto, me encontré con un texto particularmente llamativo, rigurosamente concebido y muy claramente presentado. Me estoy refiriendo al libro de María Esperanza Casullo (Siglo XXI 2019) titulado con una gran pregunta: “¿por qué funciona el populismo?”, seguido de un subtítulo igualmente pertinente: “el discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis”. En la propia introducción, la autora formula el “estado de situación” con otra frase contundente: “el populismo: siempre a punto de morir, más vivo que nunca” y en los sucesivos capítulos, ésta se explaya en la presentación de lo que denomina “una genealogía del populismo”, analizando luego algunas de las experiencias más relevantes, sobre todo en América del Sur y en algunos países altamente industrializados, para terminar analizando la experiencia de su propio país (Argentina) en torno a la figura de Mauricio Macri, a quien ubica en un tránsito “de popular a populista” y luego “de populista a conservador”, aportando una mirada por demás interesante a estos debates.

Para analizar estas dinámicas tan particulares, la autora trata de ubicar cuáles son las principales “familias ideológicas” que las han analizado, ubicando cuatro particularmente relevantes: (i) la que considera al populismo como un discurso (enfoque de Laclau, Mouffe, Panizza y otros), que lo entiende como “una narrativa política performativa cuyo resultado es la formación de identidades políticas mediante la dicotomización del campo político entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’”; (ii) la que entiende al populismo como una estrategia de poder personal, utilizada por un líder personalista (enfoque de Kurt Weiland, en particular) para acumular poder; (iii) la que concibe al populismo como “una ideología delgada” (a diferencia de las más clásicas, más “densas”) que cuentan con un discurso antiélite, de tipo moral y que enfatiza la necesidad de respetar la voluntad popular (enfoque con el que trabajan -por ejemplo- Mudde y Rovira); y (iv) la que analiza estas dinámicas desde un “enfoque sociocultural” y recalcan sus aspectos performativos públicos, mediante el uso intensivo de diversos medios de comunicación.

Desde luego, la autora reconoce que estas cuatro “miradas” dialogan intensamente entre sí y que tienen muchos aspectos en común, destacando -en definitiva- que todas las experiencias conocidas tienen tres aspectos en común: “se trata de fenómenos políticos en los cuales confluyen un líder con fuerte personalismo y centralidad política, que suscita el apoyo de un colectivo de individuos movilizados (la mayor parte de las veces activamente y en el espacio público) detrás de un discurso antagonista que divide el campo político entre un ‘nosotros’ y un ‘ellos’ (la élite)”. Pero además de intentar explicar qué es el populismo, Casullo trata de comprender “por qué funciona”, y como aporte a las posibles respuestas, destaca el valor de lo que denomina el “mito populista”, esto es, “una plantilla o modelo formal discursivo ‘vacío’, como lo es el melodrama, la leyenda o el cuento folklórico”, aclarando que es “vacío”, porque “su estructura puede llenarse con infinitos contenidos sustantivos, según el contexto y las necesidades e intenciones del hablante”. Y esto, a su vez, es muy relevante para la autora, porque “los mitos políticos generan efectos políticos, porque ellos son repertorios para la acción”.

En definitiva, y para dar una respuesta más concreta y rigurosa a la pregunta con la que titula su libro, Casullo concluye que “tanto los populismos sudamericanos de izquierda como el estadounidense y los europeos de derecha alcanzaron masa crítica en momentos en que el descontento social estaba en alza a causa de los procesos de rápido descenso del bienestar económico y de pérdida de legitimidad de los partidos establecidos”, agregando -como un componente central de su dinámica- que si el populismo florece en este tipo de circunstancias, logra éxitos evidentes operando siempre desde las “emociones”, “asumiendo que mientras que la emoción es primordial en la construcción de cualquier lazo político, el discurso populista se distingue por el hecho de que la referencia a la emoción es abierta y constante”.

Casullo nos deja con una pregunta final de gran relevancia: ¿puede concebirse la política sin la presencia de “mitos” políticos, pensando en que la política sería mejor, más transparente, más racional, si pudiéramos discutir sólo de números, de ideas puras y, en definitiva, expurgar los mitos de ella?, complementada con otra pregunta, muy pertinente desde nuestro punto de vista: “pero, ¿qué es ese proyecto de una política algorítmica sino un mito político como otros, pero uno que se ignora a sí mismo?”. Sin duda, hay que volver a la esencia de estos procesos, asumiendo “la política como la creación de múltiples historias que compiten entre sí por la atención y la lealtad de los oyentes”, algo tan básico como relevante, si lo que queremos es construir -realmente- democracias más plenas y efectivas.

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