Jueves 23 de noviembre de 2017 10:38 am
NOTA DE LA SEMANA

Kirguistán: Contruyendo la democracia

Marianna Lara Otaola*

La elección del 15 de octubre en Kirguistán resulta relevante simplemente por la posición geográfica privilegiada que ocupa. El ganador delineará la política exterior en un país que, si bien no cuenta con yacimientos energéticos, colinda con China y está cerca de Afganistán, un espacio donde confluyen varias causas internacionales: la lucha contra el terrorismo, separatismo, extremismo y tráfico de drogas, y la cooperación en proyectos energéticos y de desarrollo social.

Esta elección no puede dimensionarse sin hacer referencia a la historia política reciente y a los actores externos que buscan el control estratégico de Asia Central, cuya población es mayoritariamente musulmana y gobernada por dictadores que se reeligen indefinidamente. Los comicios presidenciales de Kirguistán fueron los primeros en desarrollarse pacíficamente, en los tiempos establecidos por la ley, en condiciones de competencia (aunque no equitativa) y sin injerencia directa de Estados Unidos o Rusia. Podrían considerarse la culminación de una larga transición hacia la democracia electoral.

Kirguistán es un país relativamente nuevo; fue hasta 1991, con la desintegración de la Unión Soviética, cuando se inició su historia como Estado independiente. La política en la región de Asia Central en la posguerra fría se ha caracterizado por el establecimiento de regímenes semiautoritarios en la década de los noventa y cambio de regímenes tendientes a la democracia electoral, pero con líderes autoritarios, durante los años 2000. A esta paulatina transición política vivida de cierta manera por los países de la región, se le suma el involucramiento de actores externos de peso, Rusia y Estados Unidos, por la relevancia geopolítica. Asia Central es trasiego de los yacimientos energéticos del mar Caspio, hoy controlados por Rusia; forma parte de la Ruta de la Seda, la cual se disputaron los imperios británico y ruso en el siglo XIX y que hoy China busca relanzar; y está cerca de Afganistán, donde una guerra que fue capitaneada por Estados Unidos pareciera no haber concluido.

Rusia, tras el arribo de Vladimir Putin al poder en 2000, ha establecido distintos mecanismos geopolíticos para recuperar su espacio de influencia, o como le llaman ellos: cercano extranjero. La política exterior rusa ha sido intervencionista mediante el uso de la fuerza, recordemos los casos de Georgia y Ucrania. De igual manera, la influencia en los procesos electorales de estos países ha sido fundamental para proteger los intereses rusos en Europa del Este y Asia Central. Así como Rusia, Estados Unidos ha interferido en las elecciones de algunas ex repúblicas soviéticas, a través de movimientos sociales conocidos como Revoluciones de Colores, para impulsar y proteger sus intereses militares y ampliar su zona de influencia.

La transición democrática de Kirguistán se inició en 1991, después de la celebración de las primeras elecciones que llevaron a la Presidencia a Askar Akaev, quien se acercó simultáneamente a Estados Unidos y Rusia. Akaev se reeligió en tres ocasiones prácticamente sin competencia, y se quedó 15 años en el poder. Ante las protestas desatadas por el descontento de la élite kirguiza, que perdió asientos en el Parlamento, y de la oposición, a la cual se le prohibió competir en las elecciones de febrero de 2005, Akaev renunció. A pesar de que la demanda era otra, repetir las elecciones, huyó a Uzbekistán y después a Rusia. El efecto demostración de lo sucedido en Georgia y Ucrania en las revoluciones de las Rosas y Naranja, respectivamente, influyó en la dimisión del líder.

Tras las movilizaciones masivas y la ausencia de un presidente, se llevaron a cabo elecciones parlamentarias, nuevamente, y presidenciales. En estos procesos aumentó la competencia; se formaron nuevos partidos y coaliciones sin ideología clara. En este contexto, se dio la Revolución de los Tulipanes, que buscaba impulsar la democracia en Kirguistán llevando a la Presidencia a un candidato neutral, ni prorruso ni proestadounidense: Kurmanbek Bakíev. Esta revolución, diferente a las de Georgia, Ucrania y Serbia, no fue un movimiento contra un fraude electoral sino en favor de la pluralidad política y el parlamentarismo.

El abuso del poder público, el nepotismo y la corrupción plagaron el mandato de Bakíev (2005-2010). La ingobernabilidad se volvió la constante durante los casi cinco años de su administración: prácticamente hubo un primer ministro por año, entre renuncias y despidos; disolvió el Parlamento para favorecer a su partido y limitó a la oposición. Además, fue acusado de violación de derechos humanos e incluso de asesinar a miembros del Parlamento. El fortalecimiento del parlamentarismo para deshacerse del hiperpresidencialismo se quedó en promesa de campaña.

Solo hasta que Rusia interfirió en aras de proteger sus intereses, Bakíev dimitió y huyó. En 2010, antes de la conclusión de su mandato, Rusia impulsó un movimiento opositor para revertir la Revolución de los Tulipanes. A principios de 2009, Bakíev había ordenado desalojar la base aérea de Manas, que estaba ocupada por Estados Unidos desde 2001, el año en que comenzó la guerra contra el terrorismo en Afganistán. Estados Unidos ofreció incrementar el pago de la renta, a lo que el gobierno kirguizo accedió, lo cual iba en contra de los intereses rusos. De esta manera, en 2010 llegó como presidenta interina la ex ministra y embajadora Rosa Otunbáyeva, quien tuvo un mayor acercamiento con Moscú. Rusia abrió una base militar en Osh en 2011 y mantuvo la base aérea asentada en Kant en 2003.

Otunbáyeva terminó el mandato de Bakíev entre protestas, violencia étnica al sur del país y modificaciones a la legislación para nuevamente fortalecer el parlamentarismo. Se llevaron a cabo elecciones en octubre de 2011, entre impugnaciones y protestas por la limitada competencia política durante las campañas y por los resultados electorales. Así, el actual presidente Almazbek Atambáyev fue electo.

En estos años, Kirguistán se unió a la Unión Aduanera Euroasiática, liderada por Rusia; prestó espacio a la otan para la salida de Afganistán en 2014; canceló el contrato de renta de la base militar estadounidense en Manas en 2014, después de aceptar un préstamo ruso; obtuvo créditos de China, sobre todo a raíz de la caída internacional de los precios del crudo que afectó a Rusia, y ha empujado las iniciativas en materia de seguridad regional y energética de la Organización de Cooperación de Shangai.

Las elecciones del 15 de octubre fueron libres, pacíficas, competidas y se desarrollaron a tiempo. Los observadores internacionales, entre ellos el Consejo de Europa y la Organización para la Seguridad y Cooperación Europea, informaron de irregularidades como la compra del voto y problemas en el conteo de éste. Igualmente, señalaron que las campañas no fueron equitativas en el acceso a medios de comunicación y el ejercicio de recursos para los once candidatos.

Hay un trecho que andar, pero después de una historia de 26 años de transición en una zona donde prevalecen líderes autoritarios, regímenes semiautoritarios e intereses geopolíticos de potencias extranjeras, es importante reconocer y dimensionar el avance que ha tenido Kirguistán. La democracia, como todo, es perfectible.

De acuerdo con los resultados preliminares de la Comisión Central Electoral, el ex primer ministro del Partido Socialdemócrata, Sooronbay Jeenbekov, obtuvo 54 por ciento de los votos en la primera vuelta, mientras que su rival más cercano, el empresario del Partido Respublika Ata Zhurt, Omurbek Babanov, obtuvo 34 por ciento. Aún está por verse si habrá una segunda vuelta electoral, ya que al cierre de esta edición se desconoce la aceptabilidad de los resultados de la primera vuelta; sería única en Asia Central, Kazakstán, Tayikistán, Turkmenistán y Uzbekistán jamás han tenido una.

Si resulta presidente Jeenbekov, aliado del actual presidente Atambáyev, se vislumbra continuidad de la política exterior actual: cercanía con Rusia y China y distanciamiento de Estados Unidos. En un escenario internacional cambiante, en el cual la credibilidad de Estados Unidos se diluye con el discurso del presidente Donald Trump, Rusia y China podrían convertirse en Estados revisionistas, sobre todo con el liderazgo y visión imperialista de sus actuales presidentes. Países como Kirguistán se convierten en bisagras estratégicas para retar la hegemonía internacional de Estados Unidos en un espacio geográfico que históricamente se han disputado los imperios (ruso, otomano, británico, chino) y que está ubicado a un paso de Medio Oriente.

* Maestra en Política Comparada por la London School of Economics and Political Science.