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Elecciones en Colombia: particularidades y coincidencias con el giro a la izquierda en la región

El 19 de junio de 2022 Colombia abrió la puerta a un gobierno de izquierda encabezado por Gustavo Petro, líder de la coalición Pacto Histórico. En un país con un gran miedo a la izquierda, esta elección desató temores para unos, mientras desencadena una enorme esperanza para otros que por primera vez se sienten representados no solo por la figura de Petro, sino también por su vicepresidenta, la activista social, Francia Márquez.

Desde la década de 1930 no ha habido una alternancia izquierda-derecha en Colombia. En 2021, una opción de izquierda se consolidó canalizando malestar social que tomó las calles en 2019 y 2021 y, ante las debilidades del gobierno de Iván Duque, se agotaron las opciones del uribismo. Así, estas elecciones estuvieron marcadas por su particularidad en el marco de la historia colombiana, aunque también por inscribirse en procesos más amplios que están teniendo lugar en América Latina y que se refieren a un nuevo giro a la izquierda en la región. Una serie de claves suponen identificar algunas particularidades y coincidencias con otros casos regionales.


Miedo a la izquierda y al castrochavismo

Uno de los elementos más relevantes y particulares de la historia política colombiana es el “miedo a la izquierda”. Este es resultado de la conjunción de varios factores, como la larga exclusión de la izquierda como opción electoral y el peso de la historia reciente de las guerrillas y su accionar terrorista. De hecho, la más terrible de las expresiones del miedo a la izquierda ha sido la violencia que ha atacado a esta opción excusándose en la lucha antisubversiva y antinarcóticos. Algunas fuerzas promovidas por la activa o aquiescente labor de poderes políticos y económicos convergieron en la eliminación física de la izquierda de forma persistente en la historia del país.

En esta guerra sucia se enmarcan el asesinato de miles de seguidores del partido Unión Patriótica o la violencia política en la campaña presidencial de 1990 en la que fueron asesinados tres candidatos presidenciales. Tampoco se puede olvidar el activo papel del narcotráfico en la financiación del paramilitarismo, de la parapolítica e incluso de elecciones presidenciales.[1]

Recientemente, ese miedo se ha profundizado con la reacción ante el “castrochavismo”, como referente indiscriminado de los riesgos de un gobierno de izquierda. Aunque las características del miedo a la izquierda son particulares en Colombia, el recurso a esgrimir el caso venezolano como argumento del debate político nacional y de polarización es común en la mayoría de los países de la región e incluso en España. La deriva antidemocrática y la precaria situación económica social venezolana dejaron de ser un asunto de política exterior para convertirse en política interna y en un escollo para cualquier diálogo regional. Las noticias falsas y la utilización de las redes han permitido utilizar esta narrativa de forma masiva instando de forma eficaz a una parte del electorado a no elegir las opciones vinculadas con la izquierda.

En el caso particular de Colombia, la histórica falta de alternancia alimenta el miedo al cambio como cultura política. Un miedo que por sí mismo encierra importantes riesgos, tal como señala Gutiérrez Sanín: “Crear pánico moral alrededor del simple hecho de la alternancia en el poder genera una profecía autocumplida de exclusiones mutuas y desestabilización. Un gobierno de la oposición necesita de la “disposición pragmática”, pero también de los cuadros y los conocimientos, de la gente que ha estado “dentro del sistema”, también para sus reformas”.[2]

El fenómeno populista

En un sistema político caracterizado por el personalismo, especialmente marcado por la larga presencia del expresidente Álvaro Uribe, el carisma y la popularidad juegan una parte importante de la movilización política. Así, Gustavo Petro fue guerrillero en el M19 se desmovilizó en 1990 y, desde entonces, ha ejercido la política, ha sido senador y alcalde de Bogotá. Su figura mueve pasiones encontradas tanto por su pasado guerrillero como por su carácter personal que le supuso inconvenientes como alcalde y que puede estar detrás de la dificultad para aglutinar al progresismo a diferencia de la movilización que sí consiguió el chileno Gabriel Boric en su campaña en la segunda vuelta. 

 Rodolfo Hernández sorprendió con su paso a la segunda vuelta electoral. Dos semanas antes de los comicios las encuestas le daban el segundo puesto a Federico Gutiérrez, candidato de la derecha tradicional que había recibido el apoyo del uribismo (partido Centro Democrático) y de los partidos Liberal y Conservador. Hernández, un empresario multimillonario que fue alcalde de Bucaramanga, presentaba un discurso populista clásico en su dicotomía pueblo/élite, pero no necesariamente ultraderechista. Aunque realizó declaraciones de corte machistas o xenófobas, estas no centraban su propuesta política.

El eje de la campaña de Hernández era la “anticorrupción”, aunque sin unas medidas concretas para atajarla. En su alegato se recogían toda suerte de gastos que él consideraba despilfarros como las embajadas o los beneficios de los empleados públicos. Sin embargo, en otros temas sobresalía su pragmatismo recogiendo aquellas dimensiones en las que Colombia es un país socialmente progresista (cambio en la política de drogas, renta mínima vital, matrimonio homosexual y adopción, entre otros) lo que le permitió centrarse en exacerbar la ruptura vertical entre representados y representantes. A pesar de ello, una vez superó la primera vuelta recibió las adhesiones de la mayor parte de la clase política tradicional.

Hernández se negó a asistir a debates, por lo cual su mensaje no se profundizó y tampoco podía ser contestado. Su campaña realizada exclusivamente en redes sociales fue efectista pero no permitía contrastar sus contradicciones, como su imputación en un proceso por corrupción. La popularidad que le supuso el paso a la segunda vuelta le llevó a una exposición mediática que daba mayor relevancia a su discurso, pero también a sus debilidades, esto llevó a una estrategia de campaña atípica en la que el candidato fue alejado de los medios y casi desapareció de la primera línea política y, de hecho, pasó un tiempo en Miami. Se esperaba que Hernández capitalizara la totalidad del voto de Gutiérrez; sin embargo, no lo consiguió. A pesar de su derrota electoral no pueden perderse de vista el inédito éxito del mensaje promovido a través del WhatsApp y Tik Tok y esa reformulación de la necesidad de cambio desde la derecha, algo que hasta el momento se asociaba a una demanda de la izquierda

En este marco, es posible destacar la aparición y éxito en Colombia de un tipo de candidato que no había tenido lugar hasta ahora en este país, pero que sí ha triunfado en la región: el empresario exitoso, como Mauricio Macri (Argentina), Sebastián Piñera (Chile) o Guillermo Lasso (Ecuador) e incluso el del funcionario internacional metido a política, como Rodrigo Chaves (Costa Rica). En el caso colombiano, esta candidatura contaba con una propuesta de solución a los problemas del Estado basada en criterios de eficiencia empresarial tales como la reducción del gasto y la optimización de recursos. Estas medidas son legítimas, pero difícilmente asimilables al sector público.

Otra particularidad es su carácter populista que, en consistencia con la evolución política del país tras la firma de los Acuerdos de Paz, desplazó el debate de la seguridad hacia otros temas, aunque sin una complejización de la agenda pues se centró exclusivamente en la corrupción. Esta construcción de propuesta asume que el tema elegido es tan grave y relevante que justifica una excepcionalidad política, tal como propone la teoría de la “securitización”. Uno de los casos más representativos de esta forma de acción es el de Nayib Bukele, en su caso fundado principalmente en la seguridad ciudadana. Esta representación de excepcionalidad y gravedad de la situación supone, entre otras cosas, pero de forma característica al populismo, el habilitar canales para presentarse y para comunicarse de manera directa con los ciudadanos a través de las redes, lo que se ha denominado “tecno populismo”[3] o “ciber populismo”.[4]

Movilización y ampliación de la representación social

Habitualmente, Colombia es un país con un alto nivel de abstención electoral, superior al 50% . En elecciones donde el resultado parece muy ajustado la participación tiende a aumentar, tal como ocurrió en este caso. En este proceso la participación alcanzó el 58% del censo electoral, una cifra histórica que proviene del aumento del voto en el Atlántico, el Pacífico y las grandes ciudades.

Esta movilización excepcional tiene dos fuentes, la primera es la polarización, especialmente promovida por el miedo a la izquierda. La segunda es que tanto el voto a Petro como a Hernández encarnan descontento con la política tradicional y contra el gobierno de Iván Duque, sumando entre los dos un 68.45% de los votos en la primera vuelta. El enfado ciudadano reflejado en la victoria de dos opciones políticas distintas a las que se encuentran en el gobierno no es única de Colombia, de hecho, hay una tendencia regional a castigar a los incumbentes. Este proceso se ve alentado por la movilización ciudadana que ha tomado las calles de varios países de la región y que tiende a agudizarse ante la inflación.

Sin embargo, a pesar del agotamiento del uribismo como fuente de propuestas, las bases conceptuales de su discurso siguen vigentes. La estructura del voto en las dos vueltas se asemeja a la de los resultados del plebiscito de 2016. Esto lleva a plantear como hipótesis que, aunque el descontento es general, su expresión está relacionado también con la integración de las regiones al mercado, al estado y la afectación por el conflicto armado. Aunque con una lógica inversa, allí donde el conflicto fue más arraigado y hay menor presencia estatal tanto el Acuerdo de Paz como Gustavo Petro consiguieron más votos. Allí donde hay una mayor integración al mercado el miedo a la izquierda es más arraigado.

En esta línea, es importante señalar un último aspecto. La ampliación de la representación política consolidada en el aumento de la participación, lo que supone unos 2 millones 600 mil votos que permitieron ganar, levantando su techo electoral, a Gustavo Petro. El resultado de las elecciones presidenciales es la consolidación de un proceso de transformación del espacio político y social iniciado con el Proceso de Paz y que ahora fructifica en forma de participación electoral, ampliación del espacio político y del ejercicio de la ciudadanía.

La presencia de la líder social, ambiental, y afrocolombiana, Francia Márquez, ha atraído a los votantes de las regiones periféricas del país, de la costa atlántica y pacífica. Este proceso entronca con la fuerte movilización en otras partes de América Latina de los colectivos indígenas y afrodescendientes que reivindican su capacidad electoral y política para exigir y luchar por sus demandas e intereses. Asimismo, es la representación de un cambio en la agenda política latinoamericana basado en la sostenibilidad ambiental, la identidad comunitaria y la reivindicación de un nuevo modelo de desarrollo que invoca la dignidad como el eje de la atención a las personas. 

Conclusiones

Colombia ha vivido un proceso electoral con ciertas particularidades que tienen que ver con la historia y cultura política del país. Especialmente destaca el Proceso de Paz como desencadenante de una profunda transformación política. La paz ha significado una ampliación de la agenda pública, un movilizador de la participación, pero también del enfado ciudadano y una oportunidad para la consolidación de una nueva oferta política. A pesar de que la paz y sus efectos son definitivos la polarización política que se generó alrededor del Acuerdo sigue viva. No porque el debate no haya evolucionado sino porque éste refleja la fragmentación geográfica y social del país.

Asimismo, el miedo a la izquierda se alimenta de una estructura ideológica y discursiva muy arraigada en la dinámica de la guerra antisubversiva pero también en la protección del estatus quo de la clase política tradicional. Sin embargo, las particularidades del proceso se entrecruzan con corrientes regionales más potentes como la ampliación de la agenda política y la promoción de un nuevo modelo de desarrollo a nivel regional. Así, aspectos como la representación de las minorías, la sostenibilidad medioambiental, la relación de las comunidades con el medio o la agenda de la igualdad de género encuentran arraigo también en Colombia. Aunque, no se puede desconocer tampoco, la emergencia del fenómeno populista ad-portas de la victoria electoral, en su acepción más clásica, lo que rompe en cierta forma con la singularidad colombiana.

El proceso que ha tenido lugar es muy importante por la magnitud del cambio social que ha llevado a una modificación en el sistema político, lo que también lo llena de retos y riesgos. No será fácil gobernar en la actual situación económica de un país en el que buena parte del electorado espera un cambio profundo y sobre todo veloz de su situación. Sin embargo, también es una oportunidad para que Colombia juegue un papel relevante en la región, liderando procesos de diálogo y concertación entre diferentes sectores, tal como ya está ocurriendo al interior del mismo país.

[1] Para mayor información se sugiere revisar: https://bit.ly/3RZlA78

[2] El texto completo se encuentra en: https://bit.ly/3ohPg1v

[3] Se recomienda revisar el libro: “Technopopulism: The New Logic of Democratic Politics” de Christopher Bickerton y Carlo Invernizzi.

[4] Se recomienda revisar el libro: “Ciberpopulismo: política y democracia no mundo digital” de Andrés Bruzzono.

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Érika Rodríguez Pinzón

Doctora en Relaciones Internacionales por la Universidad Autónoma de Madrid. Socióloga por la Universidad Nacional de Colombia (2000). Cuenta, además, con el Diploma de Estudios Avanzados en Teoría Política, Teoría de la Democracia y Administración Pública por la Universidad Autónoma de Madrid, y el posgrado en Teoría política y Derecho Constitucional del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales del Ministerio de la Presidencia de España. Asimismo, ha realizado cursos de posgrado sobre Análisis Prospectivo en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales y el Banco Interamericano de Desarrollo, y de Macroeconomía para el Desarrollo del World Bank Institute, además de diferentes programas de formación continua de la London School of Economics. Ha sido investigadora visitante en las Universidades de Carleton, Copenhague y Nacional de Colombia. Miembro de Red de Politólogas.


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