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Daño irreparable

Dicen algunos que, ante las embestidas de Donald Trump, el mérito mayor de la presidenta de México ha sido “mantener la cabeza fría”. Convengamos en esa opinión. Sin embargo, la cabeza fría no es, ni tiene como consecuencia, una respuesta diplomática, económica o política a las acusaciones de la Casa Blanca en contra del gobierno de México, tampoco frente a las amenazas de aranceles contra las exportaciones a Estados Unidos, que entrarán en vigor los primeros días del mes de marzo próximo. 

Al acusar al gobierno de México de estar aliado con los carteles del crimen a los que, se afirma por escrito, les otorga refugio y protección, Donald Trump ha causado un daño irreparable a la relación bilateral y a su trato personal con la presidenta Claudia Sheinbaum. Es probable que otro presidente mexicano hubiese reaccionado con cabeza caliente ante tamaña acusación. De lo que no cabe duda es que no basta dar la callada por respuesta. 

Cabeza fría o caliente, lo cierto es que la ofensa está ahí, firmada por el actual presidente de los Estados Unidos de América, apenas a unos días del inicio de su segundo mandato. El meritorio autocontrol de la presidenta de México no debiera tener como corolario el olvido de la ofensa y la ausencia de un reclamo diplomático formal al ofensor. Mientras éste no extienda una disculpa pública al gobierno de México, esa grave ofensa debería estar presente en todo tema y mesa en que estén sentados funcionarios de nuestro país y de la Casa Blanca.

Son abundantes y notorios los hechos que dan cuenta del estilo personal de gobernar que distingue al presidente Donald Trump. Son también numerosos los análisis en que se desmenuza el caótico desempeño de sus primeros días y las negativas consecuencias que, a corto y mediana plazos, habrá de tener la avalancha de órdenes ejecutivas que ha firmado, más las que se acumulen en los siguientes días.  

Sin entender la “marcha de la locura” que encabeza Donald Trump (vuelvo a recomendar la lectura del libro de Barbara Tuchman, FCE) es imposible construir respuestas, diplomáticas, económicas o políticas, para proteger los intereses de México. Tales respuestas también deben tener presente, en todo momento, la dura ofensa contra el gobierno mexicano. No cabe pedir a la presidenta Sheinbaum que dé a la Casa Blanca pruebas de la falsedad de la acusación. Partamos de que quien acusa debe probar. Ese principio es aplicable tanto a la relación bilateral como al trato personal entre las respetivas personas titulares del Poder Ejecutivo. 


No sé quien fue el autor de la frase “la mejor política exterior, es la interior”. El expresidente López Obrador la hizo suya y así justificó su carencia de la primera y el nefasto rumbo que impuso a la segunda. Si la presidenta Sheinbaum hace suya la frase, entonces habrá que analizar si con su política interior, y con quienes la llevan la práctica, está supliendo, fortaleciendo o arruinando su política exterior. En especial ante la Casa Blanca. 

Hasta hoy el ancla de los mensajes presidenciales es la defensa retórica de la soberanía y los llamados a la unidad nacional. Esa defensa está sobre un pantano: la polarización social y la exclusión política que López Obrador provocó y utilizó para legitimar sus actos autoritarios o inconstitucionales. Ayer y hoy es contradictorio llamar a la “unidad nacional” mientras se descalifica y agrede a quienes no comparten las ideas y acciones de los gobiernos de la 4T. La intolerancia presidencial ante quienes piensan diferente, llevada a extremos de caricatura por algunos de sus voceros legislativos, es el antídoto de la unidad que invoca.

Es la política interior del actual gobierno la que debilita la política exterior. Invocar la soberanía, con tintes casi religiosos, es discurso huero mientras desde Palacio Nacional se alimente el encono y la polarización. 

Además, es una paradoja que, frente al garrote de los aranceles, el único escudo que puede usar el gobierno de la 4T es preservar la joya del neoliberalismo: el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá. En esa flagrante contradicción radica parte de la debilidad de la política del gobierno mexicano. La otra parte se explica por la inexperiencia o impericia de buena parte del equipo de la presidenta. Esto último tiene un remedio: llamar a los que saben y tienen experiencia. Aunque no sean de la 4T.

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Jorge Alcocer V.

Director fundador de Voz y Voto.


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