La justicia sobre la mesa
Durante el mes de mayo de 2026, a propósito de la cátedra que imparte en el ITAM, tuve la fortuna de presenciar una clase magistral del Dr. Rodolfo Vázquez. Ésta, al igual que el libro que pretende condensar este texto, versó sobre las distintas teorías que emanaron de la justicia durante el siglo XX, principalmente. Teorías contemporáneas de la justicia, llamó Rodolfo Vázquez tanto a su libro como a su cátedra. Motivado por la misma, no tuve más opción que ir al Instituto de Investigaciones Jurídicas de la UNAM y comprarlo. A continuación, un breve resumen.
Para Vázquez, el siglo XX comenzó negando que la justicia tuviera algo que decir. Durante la década de los años treinta —Lionel Robbins en economía (Ensayo sobre la naturaleza y la significación de la ciencia económica, 1935), Hans Kelsen en derecho (Teoría pura, 1934; ¿Qué es la justicia?, 1953), A. J. Ayer en filosofía (Lenguaje, verdad y lógica, 1936) y Max Weber detrás de todos ellos— se impuso la tesis de la separación radical entre moral y derecho. En ¿Qué es la justicia?, Kelsen fue muy tajante en el desarrollo de su pensamiento sobre el relativismo axiológico (la idea de que tanto valores morales como justicia son subjetivos), al argumentar que el dilema del prisionero del campo de concentración que se pregunta si el suicidio es moral —vida o libertad— no admite respuesta racional, pues lo resuelve nuestro sentimiento, no nuestra razón. Alf Ross, en Sobre el derecho y la justicia (1958), llevó más lejos esa idea: invocar la justicia es “dar un golpe sobre la mesa” —es decir, persuasión y no argumento.
De cierta forma, Max Weber anticipó el dilema de Kelsen desde La política como vocación, en 1919. Distinguiendo entre la ética de la convicción —obrar por principio y dejar el desenlace en manos de Dios— y la ética de la responsabilidad —obrar por consecuencia previsible—, Weber argumentaba que, en el plano de la acción humana (especialmente en la política), no existe una forma científica de demostrar cuál de las dos es "la correcta". Para él, representaba una decisión trágica y personal, pues argüía que la razón no puede elegir entre dos valores supremos en conflicto —como el prisionero del campo de concentración.
El desenlace de la Segunda Guerra Mundial mostró el costo de separar la moral del derecho. La posguerra trajo un “segundo renacimiento iusnaturalista”, como lo llamó Luis Recaséns Siches. La justicia volvía al derecho, aunque por dos caminos: el iusnaturalismo ontológico —rígido y religioso— y el iusnaturalismo deontológico de Gustav Radbruch —más sobrio, vinculando moral y derecho solamente en casos extremos de injusticia—. Frente a este debate, autores de los años sesenta como H. L. A. Hart matizaron la discusión reintegrando la moral como un “contenido mínimo de derecho natural”, mientras que figuras como Norberto Bobbio y Eduardo García Máynez delimitaron las fronteras entre el método positivista y los valores. Para entonces, la justicia ya no era un golpe sobre la mesa; tampoco un mandato eterno. Se convirtió, más bien, en un horizonte regulativo del derecho.
Todo esto configuró el terreno para la Teoría de la justicia (1971) de John Rawls. Esta publicación, central en el estudio contemporáneo de la justicia, propuso un liberalismo igualitario fundado en el velo de ignorancia —imaginar que debemos diseñar las reglas de una sociedad justa sin saber qué lugar ocuparemos en ella—, un “equilibrio reflexivo” de principios y convicciones, y la premisa de que el Estado debe encauzar este propósito. A partir de entonces, el debate contemporáneo se configuró a favor o en contra de Rawls: desde la respuesta libertaria de Robert Nozick (1974), orientada a un Estado mínimo —fantasía del sector tecnolibertario de Silicon Valley—, hasta el análisis económico del derecho de Richard Posner y Robert Cooter, el cual sostiene que la eficiencia económica es la mejor aproximación a la justicia.
Durante los años ochenta y noventa se multiplicaron las réplicas a Rawls. Charles Taylor recuperó la Sittlichkeit hegeliana —la moral plasmada en la realidad material de una comunidad—; Michael Walzer publicó Las esferas de la justicia (1983), y Michael Sandel denunció la “república procedimental” —forma de gobierno que prioriza los derechos individuales y procedimientos legales por encima de cualquier discusión sobre el bien común—. El conservadurismo de Michael Oakeshott, Roger Scruton, Alasdair MacIntyre y Allan Bloom, hizo de la disposición a lo familiar —preferir aquello que ha sido probado por el tiempo— una virtud cívica. Will Kymlicka, Seyla Benhabib y Luis Villoro abrieron el multiculturalismo, con Herder como clásico distante. Ronald Dworkin, Amartya Sen, Martha Nussbaum y Gerald Cohen refinaron por dentro al liberalismo igualitario con conceptos como recursos, capacidades y ethos cívico. Philip Pettit, en 1997, recuperó a Maquiavelo para reformular la libertad como no-dominación: es decir, inmunidad estructural frente al poder arbitrario. Y el feminismo, heredero de Mary Wollstonecraft y Harriet Taylor Mill —de Simone de Beauvoir a Catharine MacKinnon, de Carol Gilligan a Carole Pateman, de Susan Okin a Marta Lamas—, mostró que la “neutralidad” liberal había sido un disfraz eficaz de la dominación patriarcal.
La recta final del libro aborda la justicia como procedimiento democrático y deliberación. Tras deslindar la democracia procedimental de la sustantiva, y la democracia representativa de la directa, contrapone dos grandes respuestas: la del liberalismo político de Rawls, quien confía en un “consenso sobrepuesto” capaz de reunir a ciudadanos de creencias muy distintas en torno a principios compartidos, y la de Jürgen Habermas, quien sustenta la legitimidad deliberativa en condiciones libres de coacción. Entre ambas media Carlos Nino, para quien la deliberación posee además un valor epistémico: nos aproxima a decisiones más imparciales y mejor fundadas. Completan el cuadro las reflexiones de Garzón Valdés, Bovero, Ferrajoli, Salazar, Woldenberg y Mouffe, con Rousseau, Kant y Kelsen como clásicos de fondo.
Por último, Vázquez se concentra en la posibilidad de una justicia global y en la tensión entre pluralistas y cosmopolitas, y lo hace como quien cuenta una historia: inicia en los “felices noventa” —el optimismo que siguió a la caída del Muro de Berlín y a la desintegración del bloque soviético— y desemboca, tras el derrumbe de las Torres Gemelas en 2001 y la crisis financiera de 2008, en lo que llama la “desilusión cosmopolita”, agravada por una “brecha de desigualdad” cada vez más honda. Del lado pluralista, el cual subraya la importancia de la justicia en cada comunidad, convoca a Michael Walzer, al Rawls de El derecho de gentes, a Thomas Nagel, al Habermas de un “sistema multinivel” y a Boaventura de Sousa Santos; del lado cosmopolita, mismo que aspira a deberes y derechos de alcance universal, a David Held, Nancy Fraser, Thomas Pogge, Marcelo Alegre y Thomas Piketty. Y, como telón de fondo, enfrenta a Hobbes y Carl Schmitt con el Kant de La paz perpetua y con Kelsen.
Preguntándose si es posible una justicia global, Vázquez concluye su estudio enfatizando cinco exigencias que considera impostergables:
1) No renunciar a un constitucionalismo democrático y social (ahora reforzado por la norma internacional de los derechos humanos).
2) Reclamar un sentido de justicia comprometido con la igualdad cosmopolita, sostenido en deberes positivos generales hacia los demás.
3) Reconocer, desde la justicia representativa y distributiva, la importancia de las diferencias.
4) Cristalizar una justificación maximalista de los derechos humanos, atenta a las necesidades básicas y dirigida contra la dominación y la opresión que engendra la desigualdad estructural.
El libro cierra con una advertencia del historiador inglés Tony Judt:
Seríamos unos insensatos —piensa Judt— si renunciáramos alegremente a ese legado socialdemócrata que se fue construyendo pacientemente y que ha desembocado en la opción por Estados democráticos y constitucionales fuertes, con una fiscalidad alta y activamente intervencionistas, que podían abarcar sociedades de masas complejas sin recurrir a la violencia o la represión. Abandonar los esfuerzos de un siglo es traicionar a aquellos que vivieron antes que nosotros y a las generaciones venideras.
En la clase que tuve la suerte de presenciar, Rodolfo Vázquez no concluyó con Judt, como en su libro, sino invirtiendo ingeniosamente la imagen propuesta por Alf Ross: no imaginó a la justicia como un golpe sobre la mesa, sino como la mesa misma sobre la cual se sostienen las discusiones democráticas.
¿Qué tan lejos estamos de ello?
