Los testamentos
Cuando empecé Los testamentos pensé que lo más inquietante iba a ser regresar a Gilead otra vez, volver a esos escenarios grises, a los vestidos rojos, a las reglas sobre el cuerpo de las mujeres y a esa sensación constante de vigilancia que marcó El cuento de la criada. La incomodidad apareció por otro lado. Llegó con las jóvenes que nacieron dentro de ese mundo y que aprendieron a vivir en él como si siempre hubiera sido así. Ahí está probablemente la parte más dura de la historia. No en la imposición inicial de las reglas, ni en la violencia visible con la que se construyó el régimen, sino en el momento en el que todo eso empieza a sentirse cotidiano. Las niñas de Gilead crecieron escuchando que ciertas cosas eran peligrosas, inmorales o incorrectas. Crecieron aprendiendo que no podían leer, que había decisiones que no podían tomar y espacios que no les correspondían. Crecieron viendo mujeres castigadas por ejercer autonomía y otras mujeres enseñando esas mismas reglas como si fueran necesarias para mantener el orden.
Y eso cambia completamente la forma en la que se mira ese universo. En El cuento de la criada todavía existía el recuerdo de otra vida. June, la protagonista, sabía lo que había perdido. Recordaba trabajar, decidir, amar, moverse libremente, tener acceso a su hija, a su cuerpo y a su propia voz. En Los testamentos muchas jóvenes ya no tienen ese punto de comparación. El sistema dejó de sentirse excepcional porque se convirtió en la única realidad que conocen. También hay algo, en la forma en la que la serie está siendo contada, que termina aumentando esa sensación. Cada semana aparece un nuevo capítulo y después viene otra vez la espera. La historia avanza lo suficiente para dejar preguntas abiertas, tensiones acumuladas y la ansiedad de querer saber qué sigue, aunque al mismo tiempo una parte de la incomodidad venga precisamente de reconocer demasiadas cosas dentro de ese mundo. La espera semanal termina funcionando casi como una extensión del propio ambiente de la serie, una sensación constante de incertidumbre.
Mientras veía la serie pensaba mucho en eso, en la facilidad con la que las sociedades se acostumbran a ciertas ideas cuando las escuchan suficiente tiempo. Primero parecen exageradas. Después empiezan a circular con más normalidad. Luego aparecen en discursos políticos, en redes sociales, en conversaciones cotidianas. Terminan instalándose como si siempre hubieran estado ahí. Tal vez por eso Gilead resulta tan incómodo incluso fuera de la ficción. Hay discursos dentro de la serie que no suenan completamente ajenos. La idea de que las mujeres deben cumplir una función específica dentro de la sociedad. La vigilancia sobre su sexualidad. La maternidad entendida como obligación moral. La sospecha constante hacia las decisiones que toman sobre su cuerpo. La idea de que ciertos derechos desordenan a la sociedad o amenazan valores tradicionales.
Muchas cosas que aparecen en la serie existen hoy convertidas en debates reales. Basta mirar la discusión pública sobre derechos reproductivos. Durante años muchas mujeres crecimos pensando que ciertos derechos ya estaban consolidados, que la posibilidad de decidir sobre nuestros cuerpos era una conversación que avanzaba poco a poco hacia mayores libertades. Hoy vuelven a aparecer voces que cuestionan incluso las decisiones más básicas sobre autonomía reproductiva y vida sexual. Discursos que intentan reducir nuevamente a las mujeres a ciertos roles, discursos que presentan la libertad como una amenaza o como una desviación de lo correcto.
Lo inquietante es que muchas veces esos mensajes ya no llegan desde lugares marginales. Aparecen en campañas políticas, en parlamentos, en medios de comunicación y en figuras públicas que hablan sobre familia, moral o tradición con una nostalgia muy particular por modelos sociales donde las mujeres tenían menos espacio de decisión. Y algo parecido ocurre con la participación política. Para muchas de nosotras votar, estudiar o ejercer cargos públicos forma parte de la normalidad. Resulta difícil imaginar un mundo en el que las mujeres no pudieran participar políticamente o donde necesitaran autorización masculina para tomar decisiones sobre su vida cotidiana. Aun así, siguen apareciendo discursos que cuestionan la presencia de las mujeres en espacios de poder, que minimizan la violencia política de género o que consideran exageradas las medidas construidas para garantizar igualdad.
A veces esos discursos ya no llegan de manera frontal. Se presentan como defensa de la meritocracia, como crítica a los “excesos” de ciertas agendas o como una supuesta recuperación del sentido común. Poco a poco empiezan a instalar la idea de que algunos derechos fueron demasiado lejos. Los testamentos funciona tan bien porque entiende algo muy importante sobre los sistemas autoritarios: las reglas sobreviven cuando logran convertirse en costumbre. La gente deja de cuestionarlas cuando aprende a vivir dentro de ellas. Y eso no ocurre únicamente por miedo. También ocurre por repetición, por educación, por discursos que moldean la forma en la que las personas entienden el mundo desde edades muy tempranas. Hay escenas en la serie donde las jóvenes hablan sobre matrimonio, obediencia y maternidad con absoluta naturalidad. Nadie necesita obligarlas en ese momento. Las reglas ya están dentro de ellas. Ya forman parte de la manera en la que entienden lo correcto, lo deseable y lo permitido. Ahí es donde la historia deja de sentirse distante.
Porque los derechos nunca desaparecen de golpe. Antes de eso pasan muchas cosas pequeñas. Empiezan los cuestionamientos. Después llegan las dudas sobre si ciertos avances realmente eran necesarios. Luego aparece la idea de que algunas libertades produjeron desorden. Más tarde surge la necesidad de recuperar valores tradicionales, ordenar nuevamente a la sociedad o proteger a las familias de ciertos cambios culturales.
Y mientras todo eso ocurre, muchas personas siguen pensando que nada está cambiando realmente. Tal vez por eso Los testamentos genera una sensación distinta a otras distopías. No se siente como una historia imposible ni como un futuro lejano. Se siente como una advertencia sobre la facilidad con la que una sociedad puede acostumbrarse a limitar derechos cuando aprende a verlo como algo normal. Al final, lo más inquietante de Gilead nunca fue únicamente la violencia. Fue la normalidad con la que las nuevas generaciones aprendieron a vivir dentro de ella.
