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Más allá de la cancha

¿El fútbol es solo un deporte?, ¿tiene alguna incidencia positiva en la política? Las respuestas no son sencillas, ni les faltan matices. Sin duda, lo que ocurre dentro de una cancha durante los noventa minutos de juego es una práctica deportiva, ya sea en las polvorientas canchas de una villa perdida del gran Buenos Aires con los amigos del barrio o en el pasto sagrado de Wembley, mientras cientos de millones de personas miran un encuentro a nivel mundial. Hoy en día, el fenómeno denominado fútbol desborda ampliamente esos espacios y minutos en los que veintidós personas tratan de meter gol para transformarse en una de las mayores expresiones socioculturales y económicas de nuestro mundo. El fútbol es comercio salvaje, tecnología, mito y épica, esclavitud e inspiración y sobre todo, política.

En este punto uno se debe preguntar, ¿el fútbol ha sido un impulso o un obstáculo para la democracia y el avance de las libertades de las personas alrededor del mundo? De nuevo, la respuesta es compleja. El fútbol es y será una pasión incontenible para millones de personas en todo el mundo, justamente por eso su relación con la política y la libertad se tiñe de los más hermosos colores y de las peores atrocidades cometidas más allá de la cancha. Ejemplos negativos o cuestionables abundan. Regímenes autoritarios, teocráticos y/o dictatoriales han usado su condición de sede del campeonato del mundo para lavarse la cara y las manos de sangre y discriminación.

Nuestro primer mundial, nada menos que dos años después de la represión de Tlatelolco y un año antes del halconazo, se erige como primer ejemplo a partir del cual podemos decir que una competencia deportiva como la Copa Mundial, en realidad, no incide forzosamente contra la falta de democracia o favorece una evolución de la sociedad en dicho sentido. Podemos sumar los de Argentina en el 78, Rusia en 2018, el mundial del Duce (Italia 34) y estirando levemente la liga, Qatar 2024 también son ejemplares.

Igualmente, la historia del fútbol como actividad profesional tampoco ha sido una de las mejores. La explotación, el comercio de jugadores que tratan de llegar a las grandes ligas de Europa para escapar de la miseria, los casos de trabajo infantil en la maquila de productos para equipos y jugadores de todo el orbe, la lucha de federaciones y dueños de equipos para impedir que existan sindicatos de jugadores profesionales son ejemplos que, desgraciadamente, están vigentes en gran parte del mapa mundial del fútbol profesional y semiprofesional. 

Yendo al extremo, las emociones nacionalistas que envuelven este juego pueden negar principios fundamentales de la democracia: la resolución de conflictos por medio del diálogo y la no violencia. La mejor prueba de ello es la “guerra del fútbol”, como la bautizó Kapuściński, en el que dos juegos de clasificación a la copa del mundo entre Honduras y El Salvador dieron como resultado enfrentamientos armados y una guerra única.

Dicho esto, se debe insistir en que el fútbol no se puede caracterizar únicamente como un acontecimiento monstruoso que barre con los derechos y es solo la fachada propagandística de los autoritarios. También hay fenómenos y hechos que hablan de su potencial conciliador, progresista y de lucha dentro del marco de los derechos de las personas y la lucha política democrática.

Recordemos, como la otra cara de la moneda del conflicto centroamericano, el celebérrimo encuentro futbolero entre las tropas de Inglaterra y Alemania, en la navidad de 1915, lo que mostró que el juego del hombre puede ser un encuentro deportivo que evite la barbarie, aunque sea de forma temporal, en las trincheras de la Primera Guerra Mundial. También, del otro lado del espejo, se puede hablar de la constante lucha por los derechos de los jugadores profesionales en todo el mundo: raciales, de clase, por un trabajo y remuneración digna. 

Un ejemplo de ello nos lo regala Eduardo Galeano, quien señala que la lucha más importante de la selección uruguaya que consumó el maracanazo, no fue durante el mundial de 1950, sino un año antes cuando los mismos jugadores charrúas lograron colocar en la discusión pública la precarización de los futbolistas, lindando con esclavitud deportiva y el precedente que establecieron. También el deporte de las patadas ha forjado líderes reformadores en sus filas. Lech Walesa, protagonista de la revolución antitotalitaria de Polonia no solo fue un soldado, sino que también se forjó como jugador semiprofesional, una experiencia que le enseñó cómo el deporte puede ser una gran herramienta de cambio social reformista.

Menos célebre es el caso de George Weah, cuyo palmarés deportivo incluye un Balón de Oro en 1995 como estrella del Milán y el de ser el capitán de su selección. Como presidente de Liberia fue un impulsor de la anticorrupción, promovió una legislación que despenalizó delitos de Prensa, ampliando la libertad de prensa y de expresión. Su gobierno supervisó elecciones consideradas competitivas por observadores internacionales. En Brasil se pudo atestiguar cómo un campeón del mundo, Romario, logró acceder por medio de elecciones democráticas a una senaduría, desde donde luchó contra la corrupción dentro del deporte carioca, en especial en el fútbol. No todo legislador exfutbolista es acosador de mujeres, como en México.

La relación entre el balompié y su contexto es complejo y, aun en los casos en que los regímenes autoritarios buscan usarlo como escaparate, el escaparate mundialista también ha servido a los grupos inconformes para mostrar una parte de la realidad. En medio del mundial del 78, controlado por la dictadura militar videlista, reporteros europeos dieron a conocer, a nivel internacional, la crisis de desapariciones en tiempos militares, dando a conocer la lucha de las madres y abuelas de plaza de Mayo. Algo parecido ocurre en 2026, mientras TV France reporta la crisis humanitaria de desapariciones minimizada por el gobierno de México y L´Espresso de Italia reporta la corrupción y explotación laboral ocurridas durante las obras de la capital mexicana.

Quizá es injusto lastrar al fútbol con una responsabilidad tan grande como para determinar el rumbo político electoral del país en el que una Copa del Mundo se realiza. No olvidemos que la democracia surge de la voluntad de los pueblos y de un contexto político en el que campea la voluntad política para construir democracia y diversidad. Y esto nos lleva al mundial del que somos coanfitriones, este 2026. Un mundial pequeño, en el que nos toca poco más del 10 % de los 103 partidos que se llevarán a cabo en este campeonato, en un país en el que las reformas regresivas permiten encarcelar a las personas sin una orden del juez por delitos electorales que no han sido debidamente investigados, con un Poder Judicial elegido a modo en una elección sin legitimidad, con autoridades electorales cooptadas y leyes que permiten una nueva causal de nulidad multipropósito, y un contexto en el que cualquier derrota del oficialismo es etiquetada como “fraude” por su narrativa.

¿Cree usted que, en caso de que México llegué a un sexto partido, o incluso a ganar la copa, el rumbo del país cambiará drásticamente en favor de un restablecimiento de la democracia electoral como la que se tenía hasta 2018? 


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Eduardo Higuera

Maestro en Análisis Político y Medios de informacion, ha sido profesor de posgrado por más de veinte años. Colaborador en medios de México, Estados Unidos y España, ha publicado mas de 400 textos sobre elecciones, transparencia, políticas públicas, cine y arte.


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