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“Presidente que devalúa, se devalúa”

La frase es del presidente José López Portillo, que gobernó de 1976 a 1982. Durante el último año de su sexenio el peso sufrió una fuerte devaluación y se desató una crisis económica sin precedente, a la que el presidente reaccionó, meses más tarde, estatizando los bancos e imponiendo el control de cambios. De esa forma concluyó el primer ciclo de populismo, que en doce años llevó al país de la estabilidad al desastre.

El 26 de agosto pasado la presidenta de México presentó un listado de lo que llamó “noticias buenas en materia económica”. Una de ellas, resaltada, fue la paridad del peso frente al dólar. Dijo la mandataria: “tenemos un peso sólido, fuerte”. Acto seguido presumió que el tipo de cambio de ese día era de 16.97 pesos por dólar. Remató asegurando “el peso es hoy de las monedas más fuertes y sólidas de todo el mundo”. 

Entre el 9 y el 30 de septiembre de este año el tipo de cambio experimentó un fuerte ajuste a la baja al pasar de 16.89 a 18.07 pesos por dólar, una devaluación del 7%. El 13 de octubre el tipo de cambio interbancario se ubicó en 18.37 pesos por dólar, acumulando así una depreciación del 8.8%. El 15 de octubre, en ventanillas bancarias, el dólar se vendía hasta en 19 pesos. La presidenta de México no ha vuelto a mencionar el tema.

En su Reporte Diario No. 1875, del 13 de octubre, los economistas de Banamex señalan que en septiembre “el peso registró su peor desempeño mensual desde 2024 y revirtió las ganancias acumuladas durante el año. El movimiento fue leído rápidamente como el fin del ‘super peso’ y como una señal de deterioro interno.”

El silencio presidencial y de las autoridades monetarias ante la devaluación permite suponer que están esperando un rebote en el tipo de cambio, que lo regrese por debajo de los 18 pesos por dólar. Sin embargo, la tendencia a la depreciación podría continuar en las semanas siguientes.

En el citado reporte de Banamex, la frase “presidente que devalúa se devalúa” se coloca como “el dicho que condensó el costo político de las crisis de 1976, 1982 y 1994, ocurridas al cierre de un sexenio o al inicio del siguiente.” Esta vez, apunto yo, la devaluación está ocurriendo al inicio del tercer año de gobierno, alejada del shock que vivimos en los años de las grandes crisis. La política económica del cuarto gobierno populista aún no provoca el colapso del PIB y un nuevo ciclo devaluación-inflación-crisis. Las dos joyas del “neoliberalismo” lo han evitado. Son el TLCAN y la autonomía del Banco de México.

Sin embargo, cabe preguntar si en el imaginario colectivo hemos dejado atrás la percepción que en la opinión pública produjeron las devaluaciones. Cito a los economistas de Banamex: “Durante décadas, la devaluación no fue percibida como una fluctuación de mercado, sino como la admisión pública de un fracaso (…) Para los hogares, esa experiencia fijó una asociación directa entre un dólar más caro y una economía peor. La memoria permaneció incluso después de que desapareció el régimen que la había producido. En 2015, el 77% de la población todavía consideraba que un aumento del dólar implicaba un deterioro de la economía, mientras que 56% percibía su incremento como inevitable.” (ibid). Me pregunto si esa percepción se mantiene y aún hay una mayoría que sigue creyendo que la devaluación es como la muerte: llegará.

Lo cierto es que la devaluación llegó y con ella otras preguntas, entre ellas su impacto en la popularidad de la presidenta de México y en la dinámica de las preferencias de los electores de cara al primer domingo de junio de 2027. Empezaré con lo primero.

El problema para el guionista de la mañanera es que poner a la mandataria a decir que la devaluación no existe es como pedirle a la gente que comulgue con ruedas de molino. Mentir tiene límites. Podría ser un bumerán. Mejor que no hable del tema, siempre habrá temas distractores de los que se puede echar mano en tanto se aclara el panorama y el peso encuentra su nueva banda de flotación. Pero si la devaluación se acentúa, parece inevitable la baja en la popularidad de la titular de la mañanera. Presidenta que devalúa, se devalúa.

Lo que no está aún claro es si la devaluación, hasta donde va, producirá un cambio en las preferencias de segmentos importantes del electorado, que no pueden ser otros que aquel con preferencia por el partido del gobierno, o el abstencionista que, por la devaluación, podría decidir participar para dar un voto de castigo a Morena y sus aliados.

En las experiencias de 1976, 1982 y 1994 existió un rezago entre la devaluación y el cambio de preferencias de los electores, o al menos en la manifestación de tal cambio en las urnas, lo que se explica por la separación entre las fechas en que ocurrieron las devaluaciones y las siguientes jornadas comiciales. El impacto del “error de diciembre” en las dos elecciones federales siguientes es el más ilustrativo. Tanto en la pérdida del PRI de la mayoría en San Lázaro (1997) como en su derrota y salida del poder (2000) mucho tuvo que ver la devaluación de diciembre de 1994 y sus devastadores efectos en la economía de las familias.

Ahora la siguiente elección está a unos meses. Eso puede hacer la diferencia. Advierto que la tentación en Palacio Nacional será utilizar las reservas internacionales para atajar un mayor deterioro del peso. De ahí la importancia de evitar que al Banco de México le pase lo que al INE: que su autonomía sea vulnerada por quienes tienen el mandato constitucional de ejercerla y preservarla.

 


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Jorge Alcocer V.

Director fundador de Voz y Voto.


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