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Encuestas: ¿a quién creerle?

El 2 de septiembre de 2026, convocada por la revista Voz y Voto, tuvo lugar la mesa 

de análisis “Encuestadores: ¿a quién creerle?”. Moderada por Jorge Alcocer y presentada 

por Gloria Alcocer, contó con la participación de Roy Campos, (Consulta-Mitofsky), 

Heidi Osuna, (Enkoll), y Javier Márquez, (Buendía & Márquez).1

 

Gloria Alcocer Olmos: Hoy vamos a hablar sobre las razones por las cuales las encuestas no dicen lo mismo, ¿a quién creerle? Un mismo electorado, encuestas realizadas en las mismas fechas y con distintos resultados. ¿De qué van las encuestas rumbo a la elección de 2027?

 

Jorge Alcocer V: Déjenme empezar con Roy, evocando aquella mesa del año 1997 y la memoria de dos queridas amigas de la revista Voz y Voto y de buena parte del gremio de los encuestadores. Me refiero a la doctora Ana Cristina Covarrubias, directora y fundadora de Covarrubias y Asociados, y a la siempre recordada doctora María de las Heras, fundadora también de la empresa de encuestas De las Heras. Ellas participaron, con Roy Campos, en la primera mesa que hicimos en 1997 para hablar de una novedad que aparecía en el panorama electoral de México: las encuestas. Dime, Roy: treinta años después, ¿cuántas cosas han pasado?

 

Roy Campos: Pandemias, gobiernos, alternancias, crisis, guerras. Han pasado muchas cosas. En aquel momento, en México, prácticamente no gobernaba la oposición, pero las encuestas eran novedosas. Las discusiones versaban más sobre la metodología, sobre cómo hacerlas y qué significaban. Ahora la discusión es sobre los usos que se les dan, la cantidad de encuestadoras que aparecen, cómo creerles y el uso de las encuestas como propaganda. La discusión ha cambiado. En ese entonces éramos menos de una docena de personas que queríamos dedicarnos a eso y hoy podemos contarnos por centenas. Ha cambiado mucho el tema.

 

JAV: Javier, te hago la misma pregunta que hicimos para nuestro público de: ¿qué ha cambiado para bien?, ¿qué ha cambiado para mal?, ¿dónde está parada hoy la demoscopía mexicana?

 

Javier Márquez: Yo creo, Jorge, que el cambio más dramático de los últimos años en la industria tiene que ver con la facilidad con la que se pueden publicar los resultados de una encuesta sin que haya algún respaldo. Ya no solo metodológico, que es lo que peleábamos hace algunos años en mesas de este estilo, sino que ni siquiera existe el hecho físico de haber efectuado una encuesta. Eso es lo que más pone en peligro a la industria, de aquí a los próximos años.

 

JAV: Tenemos que preguntarnos sobre la proliferación de “pseudoencuestas”. Antes hablábamos de encuestas “patito”; hoy tenemos patos, fantasmas, vampiros y dráculas llenando los medios digitales. ¿Qué hacemos para educar a quienes leen encuestas? ¿Cómo hacemos pedagogía para quienes leen encuestas? 

RC: Yo diría que el problema no es la existencia de las encuestas falsas, sino la difusión similar —o hasta mayor— que obtienen respecto de las verdaderas, porque se paga para que las encuestas falsas sean difundidas incluso más que las verdaderas. Para mí hay cinco momentos, cinco problemas que tenemos los encuestadores: primero, encuestas falsas, que nunca se hacen; segundo, encuestas que sí se hacen, pero cuyos datos se modifican —luego nos piden opinión sobre ellas: la encuesta sí se hizo, pero el dato que están publicando es distinto del obtenido; tercero, encuestas que se hacen y se reportan bien, pero el encuestador las usa para hacer propaganda política. Se vuelve vocero del cliente, no vocero del número. 

Cuarto, encuestas que se hacen y se reportan bien, pero los analistas y los medios las utilizan para pronosticar y decir que el encuestador afirmó quién iba a ganar —cuando no es lo que está diciendo la encuesta. Se trata de un análisis posterior. Esas son muy peligrosas porque nos enfrentan a los comunicadores. El papel del encuestador no es pelearse con los comunicadores, sino dar encuestas, pero tenemos que decir: “Eso no es lo que dijo la encuesta”; y, quinto, encuestadores nuevos de los que no sabemos nada. Dicen que hicieron todo bien, pero no podemos criticarlos porque no sabemos si se trata de la llegada de un nuevo jugador decente o de una encuesta inventada. “¿Lo conoces?” “No, no lo conozco”. “¿Hablas mal de él?” Pues no puedo hablar mal de él porque ni siquiera sé si es bueno o no. Tampoco podemos cerrar la puerta a jugadores nuevos: todos fuimos nuevos alguna vez. Esos casos tienen una gran difusión: aparecen en redes sociales, los retoman columnistas. El problema no es la existencia de todo esto, que no es nuevo, sino la credibilidad que se logra a base de la repetición y la pauta. Logran credibilidad porque parte de lo que cobran por la encuesta es también la pauta para que la reciban todos.

 

JAV: Javier, la pregunta para ti es directa: ¿qué valor tiene un sondeo o estudio que se hace preguntando en internet, en redes sociales, a usuarios, donde no hay un marco muestral ni una referencia que me permita saber si la población que respondió es representativa? ¿Qué valor les das a estos sondeos?

 

JM: A través de redes sociales se han hecho muchos intentos y no han sido muy exitosos. Al menos hasta el último año se ha publicado el balance más reciente sobre la confiabilidad de estas encuestas que se realizan en línea y, desafortunadamente, no han sido muy exitosas. Creo que en los próximos años veremos muchas mejoras. El día de hoy, desafortunadamente, tanto en el terreno práctico de la industria como en el del saber y la academia, aún no hemos encontrado la bala de plata para tener encuestas confiables a través de la red.

 

JAV: Heidi Osuna, desde tu experiencia, ¿qué valor debemos dar a este grupo de encuestas que se nos presentan, levantadas por internet, por Instagram o Facebook? Pero, sobre todo, ¿qué pueden hacer ustedes para que el lector de encuestas distinga lo bueno de lo falso, el engaño de lo serio? ¿Qué pueden hacer los encuestadores, y qué corresponde a los medios? 

 

Heidi Osuna: Al final del día, Javier, Roy y una servidora tenemos números muy similares porque hacemos investigación. Nos distinguimos de este grupo de pseudoencuestadoras que, al final del día, hacen propaganda electoral. Muchas veces no tienen una cara visible ni responden por los datos. Te cuentan una historia totalmente distinta de lo que está pasando en la elección. El problema no es el ciudadano, al que tenemos que educar; el problema, me parece, son los medios de comunicación que retoman a estas pseudoencuestadoras y hacen toda esta historia durante mucho tiempo, en programas de radio con muchísima audiencia y en medios impresos de circulación nacional, que son muy importantes. Decían que la elección presidencial de 2024 fue una elección competida, cuando en enero todos nosotros veíamos otra cosa. Contaron otra historia.

Nosotros siempre decimos que las encuestas son una fotografía del momento, pero ahora hacen fotografías con muchos filtros. Tú ves los resultados y muchas veces ya no estás publicando lo que estás midiendo. Son puros filtros con los que ya no se parece absolutamente en nada lo que publicas a lo que realmente se está diciendo.

 

JAV: Déjenme incorporar un tema. A lo largo del tiempo, en todos estos años en los que las encuestas y los encuestadores pasaron a ser parte del escenario electoral mexicano, también se empezó a desarrollar lo que desde la revista Voz y Voto hemos llamado una “encuestolatría”: la adoración por las encuestas, asignarles la capacidad del oráculo de Delfos. “La encuesta ya dijo y así va a ser”.

 

JM: La pregunta fundamental que surge cuando los actores políticos y otros interesados contratan, exhiben o muestran encuestas falsas —lo que habíamos platicado al inicio de la mesa— es si las encuestas influyen en las preferencias de los votantes. Esta pregunta ha sido muy bien abordada durante muchísimos años: se ha escrito mucho y se han realizado experimentos. No existe evidencia, ni en México ni en Estados Unidos, de que las encuestas influyan en el ánimo electoral de las personas.

Esto no quiere decir que los ciudadanos no obtengan información sobre quién tiene más fuerza, qué partido es dominante, cuál le sigue, o entre quiénes está la competencia, ni que sean ajenos a este tipo de información. Pero lo que sí se sabe, Jorge, es que no la están recibiendo de las encuestas. Entre otras cosas, porque, al haber tanta proliferación y tantas encuestas falsas, es muy difícil discriminar. En este sentido, la información no proviene de ahí.

 

JAV: Roy, déjame tomar esta frase que acaba de expresar Javier porque me llama mucho la atención: si las encuestas no influyen en la decisión de los electores, ¿por qué demonios los partidos las usan para decidir candidatos? 

 

RC: La encuesta soluciona el conflicto político y ahorra dinero. Ahora, ¿se ha exagerado su importancia? Creo que sí. Dentro de las responsabilidades de cada partido están las de elegir candidatos, garantizar la unidad, pero solo se atiende la elección del candidato competitivo. Es decir, el partido solo cumple la parte de la búsqueda del poder, no la de buscar la experiencia. El poder por el poder: se va hacia ese ángulo del triángulo.

¿Las encuestas influyen o no influyen? Desde hace años, la frase que uso es: “una encuesta no influye en el votante, pero influye en el resultado de la elección”. Son cosas distintas. ¿Por qué? Porque la publicación de una encuesta genera apoyos de los financiadores. Nadie va a apoyar a alguien que no puede ganar. Genera atención. Ningún medio de comunicación va a entrevistar al que está en octavo lugar; busca entrevistar al primero y al segundo, y hacer debates entre los de arriba, no entre los de abajo. Genera apoyos de sindicatos. Es decir, hace que te volteen a ver y consigas apoyos.

JAV: Heidi, a mi juicio: cuando se le reclama a un dirigente partidista por qué él, y no ella, fue el candidato, la respuesta es: “Pregúntale al encuestador”. Eso me parece indebido en términos políticos; no sé si también lo sea en términos éticos. ¿Qué hacer con esa responsabilidad? ¿Cuál es tu experiencia?

 

HO: Como dice Roy, para los partidos es más barato hacer una encuesta que una elección interna. Más barato en todos los sentidos: política y económicamente. Todavía recordamos las fisuras que hubo en el PRI cuando realizó una elección interna para seleccionar a su presidencia. Nunca se reconciliaron, nunca. Lo mismo en el PRD, en el PAN. La elección interna es mucho más polarizante que la elección contra el rival. ¿Por qué? Porque son una familia y se conocen perfectamente bien. Cuando se hace una elección interna, los equipos quedan enfrentados. Una encuesta quita, además, problemas de representatividad: que alguien no pudo votar porque no tenía credencial, porque no era militante o por otras razones. Las encuestas quitan todos esos problemas y son mucho más manejables. Además, no le puedes discutir si pones encuestas espejo y tienes tres datos que dicen que no estás ganando. Entonces la respuesta es: “Ahí está el dato”.

 

JAV: Roy, durante años fuimos construyendo lineamientos aplicables a encuestas, ¿hay que actualizar esos lineamientos? Y más que los lineamientos en sus precisiones metodológicas, ¿qué relación debería establecerse hacia adelante entre los encuestadores y la autoridad electoral?

 

RC: La pregunta es compleja porque entre más regulas es peor. Un país que se llena de regulaciones tiene un problema. Hay que desregular en lugar de regular. Quiero plantear dos problemas. Primero, las encuestas políticas —las encuestas de la opinión pública en la política, no de la opinión pública en general— están metidas en un área política donde hay mucha corrupción. Eso hace inevitable que el encuestador sea sujeto de ofrecimientos: “cámbiale” o “invéntale”, porque está trabajando con personas acostumbradas a eso. Ese es uno de los problemas que tenemos: estamos en un medio complicado, que es el de tratar con políticos que se enojan si no los favoreces. Lo que el encuestador serio tiene que hacer es aguantar; el encuestador nuevo a veces no aguanta.

Segundo, una encuesta es como una noticia. Tú preguntas cómo distinguir una encuesta falsa de una verdadera. La pregunta es cómo diferenciar hoy una noticia falsa de una verdadera en las redes sociales, en tantos medios digitales y en los llamados medios alternativos. Para el ciudadano, la credibilidad de una encuesta no está en la metodología ni en la marca. Ayer por la noche, en TikTok, contesté un comentario de alguien que decía: “No creo en las encuestas porque en las redes sociales veo otra cosa”. Le respondí: “Me estás diciendo que no crees en encuestas, pero sí crees en redes, aunque te diga que en las redes todo es falso”. Eso corrobora lo que digo: la credibilidad no está en la metodología, sino en lo que tú creías antes. Le crees a lo que coincide contigo; si no, no le crees.

 

JAV: Javier, ¿qué hacemos en la relación entre la autoridad electoral y los encuestadores? Construimos un marco de relación que hoy no parece ser suficiente.

 

JM: Soy un poco más pesimista en cuanto al futuro de esa relación, que se ha forjado entre el INE y las encuestadoras. Te voy a decir por qué. En la pasada elección presidencial hubo dos encuestadoras. De una puedo decir francamente que inventa encuestas porque tengo manera de probarlo, y soy responsable de lo que digo: fue Massive Caller, que entregaba sus encuestas, sus bases de datos, por llamarlas así, al repositorio del INE. Este sí servía para lo que les estoy diciendo: uno puede comprobar si se inventan o no datos. Me parece perfecto. El INE está solucionando un problema de acción colectiva como repositorio en el cual las encuestadoras pueden depositar sus datos para que sean escrutados en cuanto a su metodología.

Desafortunadamente, el INE no sanciona. Massive Caller puede decir que está cumpliendo con la metodología del INE, lo cual es falso, porque no existe tal metodología; lo único que hace es entregar estudios. Además, por la saturación de tareas que debe llevar a cabo el INE, la revisión de los materiales se ha relajado mucho. La razón adicional por la que soy muy pesimista, Jorge, es que a quienes publicamos en medios impresos se nos exige entregar la documentación y los datos que respalden la realización de la encuesta. Pero la gran mayoría de las encuestas no aparece en medios impresos, sino en televisión y redes sociales. Si esas son las encuestas que más se promocionan y más observan los ciudadanos, y no es posible regularlas como el INE hacía hasta hace algunos años con el resto de las empresas, creo que ya no tiene mucho sentido el trabajo que el INE venía haciendo.

 

JAV:Heidi, ¿Qué hacemos con el INE? ¿Debe actualizar los lineamientos? ¿Debe comprender también en esos lineamientos los estudios y sondeos que se hacen a través de internet y las redes sociales? 

 

HO: Me preocupa que quienes opinan no tengan ninguna rendición de cuentas. Se les exige a los encuestadores, pero no a quienes dan opinión. Algo que sí deberíamos hacer es responder por nuestros datos y firmarlos. Antes, cuando trabajabas con un medio de comunicación, entregabas tu presentación y el medio hacía la nota. En temas electorales ahora yo hago la nota, porque tú respondes por los datos. No puedes dejar que un reportero los interprete y se le ocurra presentar una expectativa de triunfo como intención de voto, y luego tener que salir a desmentirlo.

 

RC: Hay políticos que llegan al extremo de querer prohibir las encuestas electorales, como ocurre en muchos países de América. Es casi como prohibir las noticias. Otros van más allá y, sin entender el método, quieren incluso imponer cárcel al que se equivoque. Las ganas de regular llegan a esos extremos estalinistas. Segundo, el encuestador que afirma que no se equivoca está trabajando en el lugar equivocado. Es como un doctor que dijera que nunca se le va a morir un paciente. Si uno está en este negocio tiene que entender el método; qué significan los términos “confianza”, “error” y “probabilidad”. Uno de ellos es que la encuesta ni siquiera mide verdades y mucho menos pronostica. Se aproxima a una verdad, no mide la verdad. Cuando se publica, ya es pasado, no presente. Si el propio encuestador no entiende esto, no puede dedicarse a esta actividad. Esto me lleva a lo que propongo como regulación. Creo que el INE podría, simplemente, visitar una vez a cada empresa encuestadora que publica; que alguien constate que existe, que esa oficina existe, y platique con un responsable para saber si entienden lo que hacen. Con eso quedaría validada.

Si en una empresa no hay absolutamente nadie que entienda el método, quién sabe qué está publicando. Bastaría con que el INE valide que en esa empresa haya una persona que conozca el método y responda por lo publicado y conozca que se hizo mediante algún método. No que el INE nos diga qué método usar —no puede fijar los métodos—, pero sí puede saber que hay alguien que lo conoce y lo aplica. Con eso tendría.

 

GAO: Vamos ahora a comentarios y preguntas del público. El primero: hablen de las encuestas que ponen a Somos México como competidor importante, y ¿hay un problema de cobertura desde el momento en que no se pueden visitar todas las regiones del país, principalmente por la inseguridad?

 

JM: He recibido dos comunicaciones de colegas de la academia que me han reportado haber encontrado trampas metodológicas al presentar resultados. Aprovechando que en esta mesa hay especialistas, lo planteo sin profundizar: ponderar por el resultado electoral mismo ha sido una práctica muy común, que se observa en los datos depositados en el INE. Claramente es una trampa. No está al nivel de Massive Caller, de inventar datos, sino en el caso que mencionaba Roy: levantar la encuesta, pero modificar los datos de tal manera que representen el panorama que quiere el investigador. Eso se puede encontrar en las bases de datos que están en el INE. Esa es su gran importancia y, desafortunadamente, no he encontrado a muchas personas que revisen esto.

Creo que ahora, con la inteligencia artificial, se reducen los costos de análisis y, por lo tanto, habrá más análisis de este tipo. Para eso el repositorio del INE es muy importante. Las encuestas amplían al máximo el “selectorado”, es decir, a las personas que pueden influir en la selección de los candidatos. Llegan al punto máximo de incluir a la ciudadanía mediante encuestas probabilísticas. No sé cuál será su efecto a largo plazo, pero lo que sí se conoce es que eso reduce la polarización.

 

HO: El día de hoy publiqué la encuesta de aprobación presidencial para El País en la que tengo un apartado de identidad partidista. Le preguntamos a las personas si se identifican con un partido o no; si no puede responder, le leemos todos los partidos registrados. Somos México marcó 1 %, pero, si hubiera leído otro partido político nuevo, probablemente también habría llegado a ese 1 %. Insisto en que la regulación debe provenir también de los medios de comunicación y ser una autorregulación, porque ellos viven el mismo problema que nosotros. Tienen fake news y autores de noticias falsas o sensacionalistas, personas que no son reporteros, no hacen investigación, no tienen una marca ni una cara que responda por la información que difunden. Nosotros tenemos exactamente lo mismo: gente que dice hacer encuestas, pero no las hace ni realiza investigaciones; solamente se presenta como una marca de investigación. No es algo que tenga una solución sencilla, pero los medios son los principales responsables de decir: “Esto no es una encuesta”.

 

RC: La ley pide —eso lo promoviste tú, Jorge— que se entregue todo, la metodología, el reporte completo, la base y el cuestionario. Respecto de lo territorial, no es un problema de selección, sino de cobertura. El marco muestral es el 100 %, pero no se puede acceder a todo. Todos los métodos tienen problemas de cobertura. Si haces una encuesta telefónica, solo cubres a quienes tienen teléfono y pueden contestar. Si la haces en la calle, no cubres a quienes no pasan por ahí o se desplazan en automóvil. Si la haces en vivienda, hay zonas a las que la inseguridad ha vuelto inaccesibles. Esto ocurre tanto en zonas de nivel socioeconómico alto —porque una pluma o el conserje de un edificio te impiden llegar a la vivienda—, como en zonas de nivel bajo controladas por grupos a los que no se puede acceder. Afortunadamente, ese porcentaje no es tan alto como para que el resto no represente de alguna manera la forma de pensar. El procesamiento permite ajustar ese tipo de cosas: se sobrerrepresenta en campo y luego se ajusta al porcentaje real mediante una posestratificación.

Sí, es un problema de cobertura. ¿Cómo lo resolvemos? El primer punto es no poner en riesgo la vida de los encuestadores. Después tenemos que sobrerrepresentar levantamientos en otro lugar, o corregir mediante la posestratificación; así lo solucionamos. También es positivo discutir uno de los grandes problemas: que las encuestadoras se califiquen por su cercanía al resultado. Ese es un error que los medios empezaron a promover. Las encuestadoras deben calificarse por su metodología, no por su resultado. Si una misma encuestadora hace dos encuestas en el mismo momento, con el mismo cuestionario, las mismas preguntas y los mismos encuestadores, la probabilidad de que ambas sean exactamente iguales es cero. No tienen por qué coincidir y menos aún con un evento completamente distinto, como una elección, que mide a una población diferente.

Calificar a una encuestadora por el resultado es como calificar a alguien por cuántos volados gana. Estamos jugando en el terreno del azar. Lo que tenemos que evaluar es que la metodología esté bien hecha y que haya consistencia. Tienes probabilidad de equivocarte, pero si te equivocas siempre, ya es otra cosa. Quizá no te equivoques siempre, sino algunas veces.

 

JAV: Retomo para cerrar esta mesa una frase tuya, Roy: “Quien afirme como encuestador que nunca se va a equivocar, mejor que se dedique a otra cosa”, porque se equivocará en algún momento. Lo importante no es si acertó o se equivocó, sino si su metodología y su rigor pueden ser defendidos ante cualquier revisión. Creo que los tres coincidirán con Voz y Voto en que la transparencia y la rendición de cuentas son claves para que las encuestas, los encuestadores y el gremio mantengan respetabilidad y aprecio entre quienes leemos encuestas y queremos que sigan siendo un instrumento para informar mejor a la sociedad, no para engañarla.

Tomando la sugerencia de Roy, desde la revista Voz y Voto los invitamos a que, antes de la elección de junio, volvamos a platicar. Así podremos comparar lo que dicen hoy, con lo que observemos entonces y saber qué pasó: si la fotografía sigue siendo la misma o la película se movió.

 

GAO: Muchísimas gracias a Roy, Heidi y Javier por acompañarnos hoy, y a Jorge Alcocer por su moderación. Ahora ya no solo hablaremos de fake news, sino también de fake polls, de encuestas falsas. ¿Cómo vamos a distinguirlas? Hay una infodemia: son tantas que ya no podemos diferenciarlas. Me encanta y nos quedamos con esa frase de Heidi: “Las encuestadoras son el menor de los problemas del INE”.


1 Versión editada por el equipo de redacción de Voz y Voto con apoyo de IA.


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