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¿Revolución como espectáculo mediático?

El show de medio tiempo de Bad Bunny durante el Super Bowl LX no nos trajo una revolución televisada en directo, sino una jugada mercadológica y reputacional impecable, tanto para él como para la NFL. A estas alturas, pocos recuerdan si el partido fue bueno o mediocre. La conversación ha girado en torno al puertorriqueño y el huracán de sensaciones, comentarios y análisis precipitados que generó, posicionamientos que han sido más emocionales que políticos. Con los días, el polvo se ha asentado, y podemos observar con mayor claridad el verdadero impacto del espectáculo de medio tiempo presentado durante el evento deportivo más importante de Estados Unidos. 

Y es por esto que se debe señalar que este show es la muestra más reciente de una tendencia dominante en nuestra sociedad: la velocidad. La inmediatez se impone sobre la reflexión, el contexto y los antecedentes. Ese ha sido el tenor tras el Súper Tazón. No pretendo evaluar la calidad musical del cantante ni su legitimidad como líder cultural frente al autoritarismo trumpista; esos son debates para otros espacios. Aquí interesa situar en su justa dimensión el concierto de medio tiempo de la NFL en 2026, especialmente a la luz de tres planteamientos que en redes sociales se han repetido como un mantra durante estos días, todos con tono hiperbólico y visceral. 

El primero sostiene que Bad Bunny representó a toda Latinoamérica y rompió el poder blanco. Sin duda, esta afirmación responde más a un deseo colectivo que a una realidad. Es una especie de profecía autocumplida: proyectamos en el artista los anhelos de un subcontinente que busca símbolos de resistencia, sin advertir que muchas de esas imágenes son herencia de aquello que se pretende combatir. 

El paisaje visual del show (sus colores, escenarios y personajes) se acerca más a la mirada estética del turista blanco que pasea por un barrio “latino” que a la diversidad real de América Latina. Visto con detenimiento, el espectáculo se asemeja poderosamente a un collage entre Saludos Amigos (Disney, 1942), Los Tres Caballeros (Disney, 1944) y Coco (Pixar, 2012), incluyendo una representación de la mujer latina que dista de reconocer su papel actual en nuestras sociedades. 

Hay que sumar a esto que, desde el episodio de los jugadores arrodillados en protesta contra la violencia racial, la NFL ha optado por artistas afroamericanos o latinos para el medio tiempo. No es un gesto político: es un negocio que se adapta a las exigencias del mercado, siempre con la vista puesta en las ganancias, no en la lucha por la igualdad racial. Bad Bunny no llegó a ese espacio sino como una concesión del poder. El segundo planteamiento afirma que el enfrentamiento entre Bad Bunny y Donald Trump es inédito, un intento por generar una narrativa épica que ensalce al boricua. Pero tampoco es algo nuevo. Basta recordar la presentación de Rihanna —otra artista caribeña y negra— en 2023. En aquella ocasión, Trump calificó su actuación como “el peor show de medio tiempo de la historia” y la acusó de usar un lenguaje que “insultaba a la mitad de la nación”. 

Rihanna, abierta opositora al expresidente, capitalizó la polémica: colocó diecisiete canciones en el Top 40 de Spotify la semana siguiente, generó 1.3 millones de dólares y alcanzó 118.7 millones de visualizaciones del espectáculo, cifras inéditas hasta entonces. Es muy probable que el exabrupto de Trump hacia Bad Bunny produzca un efecto similar: más reproducciones, más conversación, más posicionamiento, pero como demuestra el caso de Rihanna, nada de eso impidió que Trump obtuviera un segundo mandato ni que su gobierno impulsara políticas restrictivas contra organizaciones y personas que defienden los derechos reproductivos. Hoy en día el éxito mediático y digital del Conejo Malo tampoco garantiza que ICE deje de matar personas o se termine la persecución racial contra nuestros connacionales.

El tercer planteamiento sostiene con vehemencia que el show de Bad Bunny fue el más grande, el más visto y el más influyente. La narrativa épica que se ha intentado construir alrededor del artista boricua tampoco resiste el escrutinio. Aunque aún faltan cifras completas, ya sabemos que el espectáculo no superó en audiencia al del año anterior, protagonizado por Kendrick Lamar, y quedó apenas en el 4º puesto de los más vistos. 

Esto demuestra que Bad Bunny ejecutó una jugada brillante en términos de marketing y posicionamiento, su reputación salió fortalecida y mucho, pero su concierto corresponde, simplemente, al nivel de respuesta correspondiente al de uno de los artistas más influyentes de la industria musical global. Es cierto que su mensaje fue valiente y oportuno, sí, pero eso no nos garantiza un impacto profundo o duradero, ni una incidencia real en la forma en como se comporta el gobierno estadounidense actual. Como señalé al inicio, el revuelo que generó el show refleja cómo se mueve hoy la sociedad: la velocidad domina, y las emociones son intensas pero efímeras y el tenor de las declaraciones posteriores al evento, sigue este postulado. 

El statement de Bad Bunny, pese a los deseos de muchos, no inaugura una revuelta contra las injusticias en Estados Unidos ni en ninguna otra parte y es probable que no alcance ni siquiera ese estatus. Es, más bien, la versión latinoamericana de un sueño de Instagram. En resumen, no asistimos al inicio de una revolución televisada, sino al inicio de su reinado en la mente de millones de idólatras.



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Eduardo Higuera

Maestro en Análisis Político y Medios de informacion, ha sido profesor de posgrado por más de veinte años. Colaborador en medios de México, Estados Unidos y España, ha publicado mas de 400 textos sobre elecciones, transparencia, políticas públicas, cine y arte.


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