¿Menos cooperación o mejor cooperación?
El mundo, que se encuentra más interconectado que nunca, enfrenta retos sin precedentes. Cambios geopolíticos, focos de conflicto armado, cambio climático, redes criminales transnacionales y la renuncia al compromiso con los valores liberales que organizaciones multilaterales como la Organización de las Naciones Unidas (ONU) fueron creadas para promover son solo algunos de ellos. Las crisis internacionales de los últimos años parecen evidenciar que nos encontramos ante una encrucijada que promete sacudir los cimientos del orden de la postguerra, que instaló un sistema multilateral bajo el liderazgo de los Estados Unidos. No sorprende que crisis recientes como la invasión a Ucrania, las nuevas tensiones en el Medio Oriente, el repliegue de las reglas del libre comercio y la incursión norteamericana en Venezuela nos conduzcan cuestionar la eficacia de las instituciones multilaterales para procesarlas y para asegurar la paz y la seguridad mundiales.
Ante este panorama, diversos actores han promovido un falso debate que se centra en la idea de que organizaciones multilaterales como la ONU y otros mecanismos regionales de cooperación internacional son prescindibles. Los partidarios de esta idea, que provienen de ambos extremos del espectro ideológico, insisten en que se trata de burocracias inútiles y costosas que imponen normas que no reflejan los intereses nacionales de los países; que promueven agendas sin apoyo democrático de sus ciudadanías; que aplican un doble rasero para evaluar el respeto y garantía de los derechos humanos; o que son muy tolerantes ante los desacatos. Si bien existen argumentos válidos en cada uno de estos supuestos, lo cierto es que la profunda interconexión entre los países a través de sistemas comerciales, financieros y de seguridad construidos en las últimas décadas demandan la existencia de espacios de cooperación internacional. Rechazar el globalismo para privilegiar el interés nacional de los países no difumina esta ineludible interconexión. Las fronteras físicas de los países, con o sin muros, no sirven para contener los retos, las crisis y sus efectos en la era digital.
En ese sentido, el debate sobre la supuesta necesidad de desaparecer a la ONU y otros mecanismos regionales pareciera ser uno estéril. ¿Verdaderamente queremos menos espacios de cooperación? O, más bien, ¿debemos orientar la discusión hacia cómo generar mejores espacios de cooperación? ¿De qué manera se reforman las estructuras existentes de modo que reflejen un nuevo orden mundial en ciernes para la atención de retos compartidos sin precedentes, como la transformación tecnológica y los efectos del cambio climático?
La preocupación por construir un mejor andamiaje institucional, que se adapte a las transformaciones y no caiga en la obsolescencia en un mundo que cambia día con día no es nueva. En 1963, por ejemplo, se aprobó una primera reforma al Consejo de Seguridad, el club más exclusivo dentro de la ONU, conformado hasta entonces por los vencedores de la Segunda Guerra Mundial- China, Estados Unidos, Francia, Reino Unido y la Unión Soviética- y otros seis miembros no permanentes. Tras movimientos de independencia de los países asiáticos y africanos de los años cincuenta y sesenta y el consecuente aumento de la membresía de la organización, los llamados a elevar la representación en el Consejo de Seguridad se materializaron, logrando la integración final de 15 miembros que tiene hoy. Sin embargo, a pesar de este aumento en la membresía del club que tiene la encomienda de mantener la paz y la seguridad, el núcleo de poder reflejado en el veto de los cinco miembros permanentes aún se mantiene. De este modo, la configuración de este órgano sigue reflejando la correlación de fuerzas militares e industriales de 1945 hasta el día de hoy.
Fue hasta el año 2005 que el entonces secretario general Kofi Annan propuso dos modelos de reforma al Consejo de Seguridad. A partir de ello, se han conformado diversos bloques de negociación para la extensión de la membresía permanente y no permanente de este órgano, así como la cuestión del veto, dentro de los cuales México ha tenido un liderazgo destacable. Sin embargo, ninguna de las diversas propuestas que se han presentado hasta la fecha han tenido el suficiente apoyo de los países, ni el impulso necesario de los miembros permanentes, que necesariamente tendrían que ceder parte de su poder en la toma de decisiones dentro del Consejo.
De este modo, se puede constatar que, más allá de un conjunto de estructuras burocráticas rígidas, la ONU es en realidad la suma de voluntades de sus miembros. Una organización creada en el siglo pasado para la promoción de valores liberales como la democracia, la garantía de los derechos humanos y el libre comercio hoy enfrenta retos para permanecer relevante en un orden que ahora incorpora el asenso de una potencia no occidental como lo es China, así como otras potencias con visiones alternativas de gobernanza global que privilegian el desarrollo económico sobre los derechos humanos, las cuestiones ambientales o la democracia liberal.
Esta multiplicidad de intereses se refleja precisamente en la parálisis de los foros multilaterales para atender las grandes crisis internacionales. Desde el genocidio de Ruanda de 1994, a la invasión a Irak en el 2002 sin la autorización del Consejo de Seguridad, a la remoción unilateral de un líder autoritario en Venezuela que se rehusó a abandonar el poder tras perder las elecciones hace apenas unas semanas, la respuesta de estos foros se ha caracterizado por una falta de consensos derivada de la fragmentación del poder. En ese sentido, el fracaso de la ONU para atender las grandes crisis es una consecuencia directa de la falta de voluntad de sus propios miembros. Los poderosos se rehúsan a ceder espacios y los menos poderosos tampoco invierten el suficiente capital político para obtener más espacios. El resultado ha sido una discusión para la reforma detenida, la acción ante las grandes crisis paralizada y un escepticismo generalizado sobre el futuro del multilateralismo.
En realidad, una reforma profunda del sistema multilateral nunca fue más pertinente que hoy, especialmente tras experiencias concretas de cómo este sistema puede activarse para prevenir efectos más adversos de crisis que trascienden fronteras. Por ejemplo, durante la emergencia sanitaria provocada por la pandemia de COVID-19, el sistema multilateral fue fundamental para amortiguar el desastre, no porque haya sustituido respuestas nacionales, sino porque proporcionó una infraestructura común sin la cual la respuesta global habría sido más lenta y fragmentada.
Aunque con áreas de oportunidad indiscutibles, la Organización Mundial de la Salud (OMS) coordinó la generación y socialización de información científica, la estandarización de criterios y la activación de redes que aceleraron el desarrollo de vacunas. Por su parte, mecanismos financieros como el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial (BM) contribuyeron a la contención de crisis económicas mediante el alivio de deuda y el financiamiento de emergencia. De este modo, si bien el multilateralismo no eliminó las asimetrías ni contuvo nacionalismos sanitarios, sí fungió como un amortiguador institucional que permitió limitar costos humanos y económicos dada su capacidad técnica y de coordinación en un contexto de crisis.
Otros retos de nuestros días como los efectos cambio climático desbordan las capacidades de los países por sí mismos. El sistema multilateral es prácticamente el único entramado institucional que puede coordinar el establecimiento de estándares comunes de medición de emisiones, mecanismos financieros para su atención y espacios de negociación entre países con responsabilidades y capacidades desiguales. Aunque imperfectos y frente a niveles de compromiso diversos, estos marcos permiten la creación de incentivos y la generación de presión política necesarios para dar respuesta a un fenómeno que no dejará de existir solo por ignorarlo y que no puede ser atendido de manera eficaz por algún arreglo bilateral.
Si bien la inteligencia artificial abre posibilidades y oportunidades significativas, estas no se encuentran exentas de riesgos que hacen necesarios nuevos esquemas de gobernanza internacional. El sistema multilateral tiene mucho que aportar en la creación de principios, la homologación de criterios y el establecimiento de estándares éticos que permitan armonizar la innovación con los derechos humanos. Ello resulta particularmente relevante en atención a realidades asimétricas entre países que son punta de lanza en desarrollo tecnológico y aquellos que no lo son, pero sí resienten sus impactos. Por su parte, el multilateralismo resulta crucial para la coordinación normativa y la producción de conocimiento en torno a la desinformación. Estos espacios pueden realizar aportaciones significativas en la promoción de la integridad electoral, la libertad de expresión, los derechos digitales y la responsabilidad de las plataformas. En un ecosistema informativo que trasciende fronteras, ningún país puede por sí mismo regular esta materia de manera eficaz sin generar otros vacíos o insuficiencias.
Ciertamente, ninguno de estos retos existía cuando se construyó el entramado institucional vigente. Esta agenda emergente en el contexto de nuevos populismos y cambio geopolítico hacen del sistema multilateral más necesario y no menos, pues los retos que enfrenta desbordan las capacidades de un solo país. Su valor no radica en imponer soluciones homogéneas, sino en el establecimiento de marcos comunes y el aprovechamiento de capacidades compartidas que permita gestionar las interdependencias que ya existen y que solo se intensificarán en la era digital. Por el contrario, la ausencia de reglas comunes y estándares mínimos generaría más costos que su imperfección o el compromiso variable para su cumplimiento.
Precisamente, lo que se requiere es un compromiso renovado en torno a un sistema rediseñado en torno a esta nueva realidad y no una simple reforma que busque parchar las inequidades generadas por un sistema de ocho décadas de antigüedad. Para la renovación de este sistema habrá que reflexionar sobre temas incómodos y reconocer que hay instituciones que continúan atendiendo agendas que sencillamente ya no requieren respuestas multilaterales globales. En este rediseño, se debe considerar que hay agendas que quizá pueden circunscribirse al ámbito regional y que pueden prescindir de una atención global. Por otro lado, se debe reflexionar sobre las implicaciones del repliegue político de algunas potencias que, hasta hoy, habían tenido un rol fundamental para garantizar un equilibrio de fuerzas. Se debe pensar en un nuevo Yalta que, en el contexto actual de poder fragmentado, reflexione sobre la pertinencia de seguir operando bajo la premisa de promover valores liberales versus la realidad de gestionar la cooperación ante la existencia de una multiplicidad de intereses. Los retos que enfrenta este mundo profundamente interconectado no exigen menos cooperación sino mejor cooperación. Ha llegado el momento de rediseñarla.
